A continuación publicamos la traducción al español de las resoluciones públicas de la plenaria nacional de nuestra joven organización. Esperamos así que las luchas y debates que libramos junto al pueblo trabajador brasileño lleguen cada vez a un mayor número de camaradas y organizaciones revolucionarias en todo el mundo. En un momento en que la profundización de la crisis imperialista amenaza a los pueblos del mundo, en particular a los de Latinoamérica, es más necesario que nunca estrechar los lazos, los intercambios y las redes de apoyo mutuo y acción directa basadas en el internacionalismo, el clasismo y el antiimperialismo. Más aún, es importante que la política antiimperialista no se base en sectarismos ideológicos, sino en criterios más concretos y estratégicos de la lucha de clases; también es necesario que nuestro internacionalismo no se confunda con un cosmopolitismo pequeñoburgués, sino que esté profundamente arraigado en nuestro pueblo y sus experiencias colectivas particulares. La traducción fue realizada por el compañero “Maradona”. ¡Buena lectura a todos y todas!

Revolucionar a nosotros para
revolucionar el Brasil
Plenaria Nacional del Grupo Libertação Popular (Grupo Liberación Popular)
Brasil, agosto de 2025.
1 – Introducción
En mayo de 2025 el Grupo Liberación Popular (GLP) cumplió su primer año de existencia. Somos un joven agrupamiento socialista revolucionario, y, a pesar de ser fruto de otras experiencias pasadas, tuvimos que reorganizarnos casi desde cero, lo que generó desafíos colectivos a nivel de organización interna, de estructuración de frentes de actuación, de unidad de análisis, estratégica y programática. Hemos enfrentado de frente y con humildad esos desafíos. Faltan cuadros, falta estructura, urge profundizar en cuestiones importantes, teóricas y prácticas. Dimos pasos importantes, pero iniciales. Sin embargo, sería un camino más fácil y seguro, tanto como tonto e inútil, comenzar la caminata con todas las respuestas.
La Plenaria Nacional del GLP, realizada los días 23 y 24 de agosto de 2025, surgió en ese contexto y en esa necesidad. A lo largo de pre-plenarias locales, de la lectura y debate de las contribuciones, relectura de documentos y acumulados pasados, y durante los dos días de la Plenaria General evaluamos la realidad de la lucha de clases nacional e internacional, los desafíos actuales de las masas populares y de los revolucionarios brasileños, qué y hasta dónde podemos avanzar como organización, qué todavía necesitamos hacer o mejorar, qué errores (de análisis y de práctica) corregir. La Plenaria tuvo, por lo tanto, como objetivos: instruir, actualizar y profundizar diferentes directrices de nuestra Organización y Lucha.
La superación de la actual etapa embrionaria de organización, en cantidad y calidad, solo será alcanzada con un intenso trabajo político articulado con la acción militante, con un espíritu de superación del dogmatismo y oportunismo, abierto a las necesidades concretas y particulares de la revolución brasileña. Desde donde estamos hacia donde queremos llegar existirán muchas etapas históricas por cumplir. Exigirá firmeza y coherencia en nuestro proyecto político (socialista, revolucionario, clasista, antiimperialista, autogestionario) pero gran habilidad para efectuar las transformaciones internas y orgánicas exigidas en cada etapa de construcción, sin aferrarse a fórmulas listas y acabadas. Por eso bautizamos nuestra Plenaria con un lema parafraseado del MIR-Chileno: revolucionar a nosotros para revolucionar el Brasil.
La Plenaria ocurre en un momento histórico en Brasil y en el mundo marcado por el recrudecimiento de las disputas imperialistas y burguesas, del aumento de la superexplotación de las masas trabajadoras, retirada de derechos y destrucción ambiental, de nuevas guerras por el mundo y del genocidio del pueblo palestino. El olor a azufre y pólvora del imperialismo yanqui se vuelve más fuerte en América del Sur amenazando a nuestros hermanos venezolanos y también a todos nosotros con el rediseño geopolítico y económico de la región. Frutos de la crisis del imperialismo, el contexto actual sería un terreno fértil para una estrategia revolucionaria si no fuera por la crisis de organización, ideológica y de dirección del proletariado.
El desajuste entre las limitaciones subjetivas de la clase y las grandes exigencias de nuestra generación ha llevado comúnmente a la confusión y a la capitulación, expresados en los apoyos tristes y desagradables a los “menos peores”, en la gestión “progresista” de la barbarie, o peor, alimentando la política reaccionaria y entreguista de la extrema derecha. Ante esto, no debemos pintar la realidad con los colores de nuestro gusto. Como alertaron los camaradas de la editorial Grito do Povo (Grito del Pueblo) en el Saludo a la Plenaria: “la tarea de los revolucionarios y revolucionarias es enfrentar el mundo como es — crudo y duro — sin, sin embargo, caer en el pesimismo o en el derrotismo”.
La Plenaria reafirmó que todos nosotros, militantes del Grupo Liberación Popular, asumimos una gran responsabilidad al decidir construir una organización como la nuestra. Una responsabilidad frente a nuestros camaradas de lucha, pero, principalmente, frente a las tareas de liberación de nuestra clase. Nuestro nombre expresa nuestro objetivo supremo: liberación popular. Alcanzar la liberación económica, política y social en un país como Brasil no será fácil. Enfrentamos grandes enemigos capitalistas, militaristas e imperialistas. Pero nosotros decidimos y juramos contribuir honesta y decisivamente con esa causa. Ciertamente no lo haremos solos y todavía tenemos mucho por caminar y aprender, pero no desistiremos ni capitularemos, nos organizamos para superar nuestras limitaciones, dar nuestra contribución a corto, mediano y largo plazo. Con una línea correcta (como un grupo de acción, de combate, profundamente clasista), seguiremos avanzando, revolucionándonos, con paciencia y firmeza.
Como revolucionarios, iremos al pueblo, aprender, apoyar y contribuir para la unidad y direccionamiento de los esfuerzos de la lucha proletaria, especialmente en los sectores estratégicos. Reafirmamos que nuestro pueblo no es una hoja en blanco (como piensan los doctrinarios elitistas de izquierda y de derecha), al contrario de eso, es la fuente sagrada y rica de la revolución, es nuestra mayor fortaleza. Nuestro pueblo es grande, nosotros somos pequeños. La revolución brasileña le concierne al pueblo, no a nuestras opiniones individuales o sectarias. La fuerza, la sabiduría y las tradiciones ancestrales, insurgentes y libertarias del heroico pueblo brasileño son la fuente y el secreto de la victoria de la revolución, únicas bases capaces de movilizar y sostener los inmensos sacrificios para la destrucción del viejo orden y construcción de un nuevo Brasil: del poder popular, de la libertad y del socialismo.
¡Ir al Pueblo!
¡Organizar la lucha combativa por una vida digna y por la liberación popular!
2 – Resoluciones sobre imperialismo y coyuntura internacional
La etapa imperialista del capitalismo tiene su origen a principios del siglo XX. El imperialismo es esencialmente un sistema de exportación de capitales de los países del centro hacia la periferia, basado en la explotación de la fuerza de trabajo y pillaje de los recursos naturales a través de grandes empresas monopolistas y formación de Estados imperiales. Tales cambios en la estructura del capitalismo fueron producto tanto del ascenso de la lucha de clases en Europa como de la crisis del capital. A principios del siglo XX el mundo vio las tasas de productividad y de lucro declinar. Por lo tanto, en el origen de la exportación de capitales del centro a la periferia, estaba la posibilidad y la necesidad de aumentar la tasa de lucro a través de la superexplotación del trabajo, impuesta en el exterior. El imperialismo era al mismo tiempo el capitalismo monopolista (de los grandes bancos y empresas) que invertía en la superexplotación de la fuerza de trabajo de la periferia, tanto asalariada como de formas “no capitalistas”.
Cuando hablamos de imperialismo (o de fascismo, o de neoliberalismo), estamos hablando de frutos legítimos del desarrollo capitalista, no de “anomalías” o “residuos del pasado”. Toda política popular revolucionaria auténtica contra el imperialismo, el fascismo y el neoliberalismo, dondequiera que se manifiesten, no puede ser sino una parte de la lucha contra la explotación capitalista y por la liberación de las masas trabajadoras, por los métodos y con un programa independiente del proletariado. Detrás de la ideología hipócrita de la “soberanía nacional” y de la “democracia” (en abstracto, por encima de la lucha de clases) es que sectores de la burguesía, conservadores y progresistas, hacen sus guerras y disputas por riquezas y poder.
El doble mercado de trabajo es una de las principales instituciones del imperialismo, segmentando la clase trabajadora en dos grandes esferas, la esfera inferior del mercado sometida a los procesos de superexplotación, mientras se conceden mejores salarios directos e indirectos en la esfera “superior”. La actual tendencia ultramonopolista de la acumulación de capital tiende al achatamiento, en escala nacional e internacional, de esa esfera superior y a la masificación del proletariado marginal1.
El proceso de desarrollo del imperialismo transformó las relaciones de dependencia clásica y diversificó profundamente las relaciones en la división internacional del trabajo. Esa diversificación estaba respaldada en las mayores tasas de lucro practicadas en la periferia del capitalismo. En ese proceso se observa la constitución de los países centrales de la economía capitalista en Imperios (especialmente en el eje Europa-EE.UU. y, posteriormente, en el eje China-Rusia), es decir, la burguesía ejerce su poder a partir de la centralización política estatal y del monopolio económico, que son exigencias de la expansión del dominio en áreas periféricas, convertidas en naciones satélites, áreas de influencia, sin lo cual es imposible producir y reproducir la acumulación capitalista a escala mundial.
Hubo una diferenciación interna en la periferia a mediados del siglo XX, en que países latinoamericanos como Brasil, México y Argentina pasaron por procesos de desarrollo capitalista dependiente (industrialización, urbanización), financiados por el capital extranjero, y se constituyeron como “semiperiferias” o “potencias regionales”. El mundo ya no se dividía solo entre países desarrollados y subdesarrollados, sino también entre aquellos que tuvieron un “desarrollo del subdesarrollo”. Pero el desarrollo dependiente solo fue viable gracias a la superexplotación del trabajo periférico. La exportación de los capitales acumulados exigía mayores tasas de lucro, por lo tanto, exigió en la periferia una mayor tasa de plusvalor absoluto, con la práctica de menores salarios, jornadas exhaustivas y la casi inexistencia de salarios indirectos. La mayor explotación del trabajo en la periferia era precondición de la exportación de capitales, y luego, del desarrollo dependiente, especialmente en América Latina, donde durante casi todo el siglo XX las inversiones capitalistas tuvieron un destino prioritario, formando una “semiperiferia” del capitalismo (Brasil, Argentina y México).
Dentro de los países capitalistas, esa misma lógica de segmentación del mercado se produjo, correspondiendo ora a clivajes étnicos (por ejemplo, los migrantes en Europa y EE.UU.), ora a clivajes sociales diversos (migrantes de las zonas rurales en Brasil, población negra marginalizada, mujeres trabajadoras, etc.) que tenían como destino cierto la ocupación en profesiones con baja remuneración y sin garantías. El doble mercado garantizaba así los mecanismos concretos de acentuación de la explotación del trabajo, el aumento de las tasas de plusvalor absoluto y consecuentemente de la tasa de desigualdad social entre centro y periferia, y dentro del centro y periferia, entre proletarios integrados y “no-integrados”.
El desarrollo capitalista dependiente no caminó para resolver las grandes cuestiones sociales y nacionales, no fue una etapa previa de la “ruptura” con la Dependencia. Para empeorar, con la transferencia de las inversiones a Asia en la transición al siglo XXI el “sueño subimperialista” latinoamericano de los políticos burgueses y socialdemócratas dio lugar a la pesadilla de la “reversión” político-económica de Brasil y América Latina como exportadores de productos agrominerales y proveedores de mano de obra y tierra barata. Es decir, cuando fue interesante, el capital industrializó, pero después lo deshizo y migró. El peso atribuido al papel subjetivo de los líderes burgueses desarrollistas en nuestra historia (Vargas, Perón, etc.), así como las ilusiones actuales en una nueva política estatal nacional-desarrollista2, son, así, un equívoco. El desarrollo, la prosperidad y la independencia que queremos para nuestro pueblo y nuestra patria está inexorablemente subordinado a la ruptura con el sistema capitalista, es decir, a la revolución socialista.
2.1 – Reestructuración productiva y crisis del sistema imperialista
La década de 1970 estuvo marcada por profundas transformaciones en el capitalismo a escala mundial: el modelo fordista-keynesiano entra en crisis (estancamiento económico, inflación, pérdida de competitividad de la estandarización fordista y disminución de la tasa de lucro); los países sufren con los dos choques del petróleo y la revolución técnico-científica impone un nuevo modelo de acumulación de capitales. Como salida a la crisis, la burguesía inicia la implementación de políticas neoliberales y en la economía sustituye el fordismo por el toyotismo, también designado como “posfordismo” y “acumulación flexible”. El neoliberalismo y la acumulación flexible ganaron hegemonía global especialmente después del desmantelamiento del bloque de países del “socialismo real” y, consecuentemente, el fin de la Guerra Fría. Hoy, el avance de la Inteligencia Artificial (IA), de la robótica y de las nuevas tecnologías en general aplicados al proceso de acumulación mundial capitalista ha profundizado ese proceso, al mismo tiempo que, liderados incontestablemente por China, ha tenido gran influencia en las disputas actuales en el sistema interestatal.
Uno de los principales efectos de las políticas neoliberales y de la acumulación flexible es la profundización de la competencia intercapitalista generando una mayor concentración y centralización de capitales. Las corporaciones transnacionales, que actúan como oligopolios mundiales, dominan los mercados globales y están detrás de las actuales guerras en curso. Las “Big Techs”, oligopolios capitalistas del ramo de tecnología y comunicación, que reúne Microsoft, Google, Twitter (hoy X), Amazon, Alibaba, Meta (dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp), Apple, etc. tiene un valor de mercado cercano a los US$ 10 billones, mucho mayor que el PIB de toda América Latina. En Brasil, el sector supermercadista, que corresponde al 9,12% del PIB en 2024 (R$ 1.067 billones), presenta un proceso de monopolización creciente, directamente relacionado a los oligopolios alimenticios y a la agroindustria. Según el Ranking Abras (2025), las 5 mayores empresas supermercadistas en Brasil (Carrefour, Assaí Atacadista, Mateus Supermercados, Supermercados BH, Grupo Pão de Açúcar) facturaron en 2024 cerca del 30% del total de lucros en el sector. La multinacional francesa Carrefour, que compró el Grupo BIG en 2022 en plena pandemia, tuvo una facturación de R$ 120 mil millones en 2024, es el mayor empleador privado en Brasil con 150.000 funcionarios. El sector supermercadista es un gran responsable de la superexplotación de los trabajadores, con bajos salarios, jornadas extensivas de trabajo y persecución política a la lucha sindical. El mismo proceso ultramonopolista se verifica en otros ramos de la economía: agropecuaria, minería, construcción civil, automotriz, etc.
Otro importante efecto del neoliberalismo y del toyotismo es el aumento de la explotación de los trabajadores con el desmonte de la red de seguridad social, con la flexibilización de los contratos de trabajo, con el cierre de puestos de trabajo por causa de la automatización de la producción (desempleo estructural) y la ampliación de la explotación de mano de obra a escala global con la transnacionalización de la producción. Por lo tanto, el aumento de la concentración de capitales (formación de oligopolios mundiales) y el aumento de la explotación de los trabajadores (acumulación flexible) permiten afirmar que la fase monopolista de Estado fue superada y el capitalismo entra en una nueva fase “ultra-monopolista”.
El éxito de ese modelo de organización productiva se manifiesta en el grado de desarrollo capitalista asiático. Los mayores niveles de crecimiento del complejo euroasiático indican un desplazamiento de las funciones económicas de importancia estratégica en la semiperiferia, habiendo América Latina perdido espacio para las economías de países asiáticos, especialmente China e India. Hoy, el mayor proyecto capitalista mundial es la Iniciativa del Cinturón y Ruta (BRI), conocida como “Nueva Ruta de la Seda”, un proyecto de infraestructura y desarrollo global lanzado por China en 2013. El objetivo es reconstruir rutas comerciales que conecten China a Europa, África, América Latina y otras partes de Asia a través de inversiones en infraestructura como puertos, ferrocarriles, carreteras, comercio y proyectos energéticos. Hasta 2024, más de 100 naciones ya habían adherido al proyecto, que movió más de un billón de dólares en inversiones.
A pesar de que Brasil no ha adherido directamente a la Nueva Ruta de la Seda, una asociación bilateral entre Brasil y China para la construcción de una ferrovía “transcontinental” o “bioceánica”, inicialmente pensada en 2015, retoma fuerza ahora y pretende rediseñar la logística de América del Sur con la construcción de la mega-ferrovía que conectará el Océano Atlántico al Pacífico, del Cerrado Brasileño al Puerto de Chancay (Perú), y de allí a China. Al conectar la producción directamente a ese puerto, los Estados y burguesías sudamericanas reducirían la dependencia de los embarques vía Canal de Panamá o rutas más largas por el Atlántico, reforzando su integración al mercado capitalista asiático, reforzando aún más el sector agroextractivista interno y, consecuentemente, profundizando la condición de Dependencia. La posibilidad de concretización de la ferrovía, sin embargo, es una grave amenaza a la hegemonía de EE.UU. y Europa en América Latina.
Así, el mayor cambio en el sistema imperialista en este siglo XXI es el despunte económico capitalista de China, disputando la hegemonía comercial y de inversiones de capital (Inversión Extranjera Directa) con EE.UU. y demás potencias imperialistas en América Latina, África y Asia, especialmente en los sectores de infraestructura, minería, recursos energéticos y nuevas tecnologías. China es actualmente la segunda economía del mundo en términos de Producto Interno Bruto (PIB) nominal, quedando detrás solo de Estados Unidos. Sin embargo, cuando se considera el PIB en paridad del poder de compra (PPP), China ya superó a EE.UU. y es considerada la mayor economía del mundo. En relación a la economía brasileña, China es el principal socio comercial de Brasil, con un volumen de importaciones y exportaciones que supera al de EE.UU.
Ese crecimiento económico asiático ha generado mayor presión competitiva sobre las demás regiones de la semiperiferia e incluso del centro. Así, la reestructuración productiva y las reformas del Estado, presentes en la actual etapa del imperialismo, llevan a cambios en las relaciones del centro con la periferia, y acentúa aún más la importancia de la depreciación de la tasa de salarios, del pillaje de recursos y de la exportación de capitales como fórmula de resolver la crisis del capital y retomar el crecimiento y el desarrollo de la acumulación de capital. Esto significa que, más que nunca, el imperialismo opera especialmente por la superexplotación del trabajo, por la exportación de capitales, por el pillaje de recursos y no por los “intercambios desiguales”.
Uno de los principales efectos de la actual etapa de desarrollo mundial capitalista es la extensión del proletariado marginal (por los trabajadores sometidos a la esfera inferior del doble mercado y formas de acumulación primitiva). Si el movimiento de masas y las organizaciones revolucionarias no se plantean la necesidad de organizar al proletariado marginal (tercerizados, precarizados, desempleados, informales, etc.) seguirán reducidas las posibilidades de avances en la lucha de la clase como un todo, esto porque la nueva fase del capitalismo coloca una nueva estructura de clase, donde esa fracción tiene un papel central en la acumulación de capital.
Por otro lado, la crisis del imperialismo yanqui se ha manifestado tanto internamente, con el gran crecimiento de los conflictos sociales y políticos internos, resueltos en gran manera a favor del fortalecimiento político de la extrema derecha nacional-imperialista representada por Trump, como externamente, con la dificultad de sostener (política y económicamente) la cantidad de guerras en que se involucró en las últimas décadas, y de las que salió derrotado o parcialmente derrotado (Afganistán, Ucrania, etc.). Un hecho esencial de la política de Trump es el reconocimiento de la crisis del Imperio y la necesidad de tomar medidas para volverlo fuerte nuevamente, de ahí el “Make America Great Again”. Algunas marcas de esa política (expresadas en la Estrategia de Seguridad Nacional del gobierno Trump) han sido la “guerra” arancelaria y comercial, la búsqueda por la reindustrialización interna, la reafirmación del Dólar, y, principalmente, el giro geopolítico y económico del imperialismo yanqui hacia la centralidad de América Latina en las disputas políticas, militares y económicas mundiales, revalorizando la región y recalentando abiertamente la Doctrina Monroe, especialmente en lo que respecta a la “amenaza china”.
Con grandes conflictos militares desgastando ya todos los continentes del mundo desde principios del siglo XXI, con excepción del continente americano, todo ha indicado que América Latina podrá ser nuevamente un escenario preferencial de disputas imperialistas. La estrategia de seguridad nacional de EE.UU. habla abiertamente de eso. Tras la fallida “guerra al terror” patrocinada por George Bush y otros presidentes yanquis, que llevó a la destrucción y al pillaje de países árabes, ahora la “Doctrina Trump” elige lo que llaman de “narcoterrorismo” en América Latina como amenaza central a su seguridad interna. Es la nueva ideología de la dominación del Imperio en crisis, que hoy amenaza con la invasión militar de Venezuela y ya comete robos de petróleo y asesinato de civiles en el mar Caribe. Es la amenaza de intervención militar en el Canal de Panamá y en Colombia. La presión imperialista cuenta para eso con la connivencia y apoyo de sectores de las burguesías latinoamericanas, de la pequeña burguesía, de partidos de derecha e izquierda, pero fundamentalmente, con el impulso de partidos y líderes de extrema derecha en el continente, abiertamente entreguistas.
2.2 – La nueva guerra fría y el recrudecimiento de las disputas imperialistas
Hay una nueva guerra fría en curso, relacionada por un lado con la crisis del imperialismo yanqui y, por otro, con el ascenso del imperialismo chino. Esa es la principal constatación que se impone para las disputas geopolíticas y económicas a nivel internacional. Desde principios de los años 2000, en especial con la crisis financiera de 2007-2008 y posteriormente con la crisis pandémica de 2020-2023, el conflicto político, económico y militar entre EE.UU.-U.E x China-Rusia se profundizó drásticamente.
El concepto de “guerra fría” (usado en el siglo XX) indica que existe un enfrentamiento político, económico y militar indirecto entre superpotencias y sus aliados, enfrentamiento que es regido por un pacto de no agresión, que a su vez intensificaba el militarismo y los enfrentamientos militares fuera de sus zonas de seguridad, es decir, en países coloniales, periféricos y semiperiféricos. Pero ese “pacto de no agresión” puede ser roto, condicionado por el recrudecimiento de las disputas económicas y políticas, llevando a una nueva guerra mundial, pero también pueden haber otros desenlaces que impidan o anticipen esa conflagración directa, como una nueva era de revoluciones, golpes, crisis internas de las potencias, etc. La guerra fría entre EE.UU. x URSS no desembocó en una guerra “caliente”, aunque la amenaza militar y nuclear fuera real.
El mundo unipolar bajo el dominio del imperio yanqui fue el resultado de las relaciones de poder en el sistema capitalista mundial tras el fin de la URSS. La nueva guerra fría es el resultado de la crisis hegemónica del imperialismo de EE.UU. y Europa y del fortalecimiento económico y geopolítico de China y de Rusia.
Pero la política económica que opone hoy a cada uno de los bloques ya no es el “socialismo real” y el “capitalismo”. Las diferencias de ideología desaparecieron y el enfrentamiento es por la disputa de hegemonía en el sistema interestatal capitalista. Esto significa que, al contrario de la primera guerra fría, cuando existían fuerzas revolucionarias auténticas (socialistas y de liberación nacional) que buscaban abrigo bajo la política de la URSS-China, hoy, la política de China y de Rusia es de destruir esas fuerzas apoyando a los gobiernos capitalistas de turno en beneficio de los intereses de sus propias clases dominantes. Así, la guerra fría actual no refleja la lucha de clases internacional del proletariado contra el capitalismo y el imperialismo, sino la lucha entre fracciones de la burguesía por la conquista global de mercados, recursos y fuerza de trabajo.
La nueva guerra fría ha tenido como escenarios principales las guerras de Ucrania, de Palestina, de Siria, de Venezuela, además de las disputas/carrera entre EE.UU.-UE y China-Rusia por mercados e inversión de capitales en Asia, África y América Latina, así como las disputas por recursos minerales y energéticos directamente relacionados a la nueva etapa de acumulación de capitales altamente tecnológicos y digitales (tal como las tierras raras en Brasil, en negociación entre el gobierno social-entreguista de Lula-Alckmin y el gobierno reaccionario de Trump).
Las elecciones presidenciales en EE.UU., con el retorno de Donald Trump al gobierno, muestran que fracciones importantes de la burguesía estadounidense, frente a la tendencia de pérdida de hegemonía, están apostando en una solución conservadora, militarista, en una política comercial proteccionista, en una política exterior de presiones por alineamiento “total” de países satélites y subordinados. Toda América Latina está bajo amenaza directa o indirecta de EE.UU. Estamos entrando en un período de muerte de las ilusiones (de liberales y reformistas) de un mundo regido por las relaciones entre países soberanos e independientes (pero siempre bajo la tutela del mundo unipolar comandado por EE.UU.). La falsa “paz” y “democracia” bajo la suela imperial, la Pax Americana, está en crisis. Los márgenes para una política exterior “neutral”, donde se sacan ventajas de los dos bloques imperialistas, en particular en América Latina, estarán aún más reducidos en el próximo período.
Esa política de “alineamiento total” (con tradición desde la Doctrina Monroe), sin embargo, posee límites, especialmente en países dependientes semiperiféricos como Brasil. Existe un proceso contradictorio en las disputas capitalistas, dictadas por los grados de soberanía de las burguesías y Estados dependientes, atravesados por la fuerza alcanzada por los grandes bloques imperialistas en conflicto. Por ejemplo, China ya es el principal socio comercial de Brasil (país más importante del subcontinente), ya poseen un sinfín de proyectos económicos e inversiones estratégicas en América Latina, África y Asia. Por otro lado, el peso en los niveles político y militar del imperialismo yanqui aún es hegemónico en América Latina y es de ahí que retira su principal fuerza (véase la amenaza militar a Venezuela). Las posibilidades de EE.UU. de revertir, o incluso interrumpir la penetración económica de China en América Latina son limitadas, y se asientan fundamentalmente en bases políticas y militares. Esa es la cuerda floja de la nueva guerra fría, que puede llevar a una 3ª Guerra Mundial, golpes militares, neocolonialismo y demás formas de conflictos.
Por otro lado, en el terreno de la disputa ideológica, la solución mediante la restauración de un “sistema mundial multipolar” es hoy elevada como ideal “democrático” de las burguesías y Estados en ascenso (China y Rusia, especialmente). Sin embargo, un mundo multipolar no es ninguna novedad en la historia del capitalismo, tampoco significa el fin del imperialismo, al contrario, es bajo una realidad “multipolar” que las grandes teorías del imperialismo, revoluciones proletarias y luchas antiimperialistas se desarrollaron a lo largo del siglo XX. Las dos grandes guerras mundiales en el siglo pasado se desarrollaron sobre una base “multipolar”, y tuvieron como ideologías burguesas-imperiales la “defensa de sus soberanías”, etc. La multipolaridad hoy erigida como bandera ideológica del eje China-Rusia representa la reivindicación tradicional del “derecho” de las clases dominantes de esas potencias mundiales y regionales de elevar su participación en el reparto de territorios, áreas de influencia, recursos naturales y tasas de lucro, en oposición al “exclusivismo” de las potencias hegemónicas (EE.UU. y Europa). Son, por lo tanto, políticas anti-hegemónicas, pero no antiimperialistas, mucho menos anticapitalistas.
Debemos analizar y combatir las ideologías legitimadoras de ambos bloques imperialistas, a fin de armar ideológicamente a las masas populares, con la intención de caminar para desvelar la real naturaleza (política y económica) de las actuales disputas en curso. El ascenso del imperialismo yanqui a escala global también estuvo marcado por ideologías legitimadoras (democracia, derechos humanos, modernización, etc.) que ganaron la adhesión en mayor o menor grado de las izquierdas en el mundo y fueron una expresión de la falta de independencia de clase y de la integración sistémica de esas organizaciones. Históricamente, las clases e imperios en ascenso al poder aparentan mayor legitimidad y oportunidades en relación a los imperios o clases en decadencia. Pero para una política socialista revolucionaria no se trata de cambiar unos explotadores y poderosos por otros, consiste precisamente en movilizar a las masas trabajadoras para destruir el sistema de explotación y dominación vigente. En la actual situación debemos combatir tanto la política “democrática” alineada a los intereses de EE.UU., como la política “multipolar” alineada a los intereses estratégicos de China.
2.3 – El internacionalismo, el antiimperialismo y las tareas de los revolucionarios hoy
Las crisis generadas por el recrudecimiento de las disputas imperialistas pueden favorecer movimientos proletarios y revolucionarios a nivel global, así como la reducción del poder hegemónico de EE.UU. puede favorecer eso, pero solo podrán tener ese desarrollo histórico en la medida en que las vanguardias y organizaciones de masas no se dejen encantar por los cantos de sirena de las viejas y nuevas burguesías, en la medida en que construyan de hecho condiciones teóricas y prácticas de una acción revolucionaria y proletaria independiente a nivel nacional, continental y mundial de lucha contra el sistema capitalista-imperialista. Lamentablemente todavía estamos lejos de las condiciones (teóricas y prácticas) para aprovechar el recrudecimiento de las disputas interburguesas en favor de los intereses históricos del proletariado.
Ante ese escenario, desde ya es importante el análisis y un combate permanente por la autodeterminación de los pueblos, por el antiimperialismo, contra las guerras imperialistas y colonialistas, contra la superexplotación de las masas populares en los países periféricos y centrales, en solidaridad con la resistencia de los pueblos oprimidos. Nuestra solidaridad frente a las agresiones imperialistas no debe confundirse con adhesión acrítica e idealizada sobre gobiernos y partidos involucrados en los conflictos, especialmente cuando implican escenarios policlasistas y confusos, pero tampoco debemos colocarnos en el papel de “consejeros” externos de aquellos que mueren y viven en los campos de batalla de la resistencia.
Debemos imprimir nuestras concepciones socialistas revolucionarias en una acción solidaria auténtica, con nuestras consignas y práctica militante, sin ilusiones, volcadas a las masas populares de los países en resistencia, pero fundamentalmente sin reproducir un cierto elitismo autoproclamatorio y “consejero” de los pueblos en lucha. Tampoco debemos adherir al estilo izquierdista brasileño de mil “notas de apoyo” sobre todo lo que ocurre en el mundo y poca intención real de acción desde nuestras propias realidades. Debemos caminar, en la medida de nuestras fuerzas y de nuestro desarrollo, hacia una lucha antiimperialista e internacionalista articulada a la acción militante desde las bases, de la lucha de clases nacional para la lucha de clases continental e internacional. En ese sentido, buscaremos alianzas y asociaciones internacionales, especialmente latinoamericanas, no basadas en preceptos ideológicos restringidos (como hacen hoy gran parte de las izquierdas anarquistas, trotskistas, leninistas, nacionalistas, etc.), sino basadas prioritariamente en intereses comunes, en la capacidad de crear lazos y campañas clasistas conjuntas, de luchas concretas contra empresas transnacionales y gobiernos, etc. y que, a partir de esa acción militante no dogmática, contribuya a la reorganización de una nueva línea revolucionaria, proletaria y socialista a nivel continental y mundial.
Para eso necesitamos analizar las guerras, conflictos y resistencias en curso en el mundo (no todas son iguales, en naturaleza y en agentes sociales y políticos involucrados) para de ahí sacar las lecciones y líneas de acción para la lucha desde Brasil.
El genocidio contra el pueblo palestino, practicado por el Estado Sionista de Israel y por EE.UU. (y con la omisión criminal de China, Rusia, Brasil, entre otros), es el mayor hecho político de nuestro siglo. Demuestra hasta dónde puede llegar la máquina de guerra imperialista para el mantenimiento de sus intereses geopolíticos y económicos en el Medio Oriente y en el mundo. El velo “democrático, humanitario y liberal” de las potencias internacionales y regionales alineadas al bloque EE.UU.-UE se deshace rápidamente, a pesar de toda legitimación de “soberanía” y de “guerra de defensa” contra Hamas que son usadas para legitimar la acción colonial y genocida israelí. La amenaza de Trump a Venezuela y a América Latina, a pesar de encontrar la resistencia también de Estados y, por lo tanto, de ejércitos regulares, se coloca en la misma situación de una guerra imperialista clásica (tipo Irak y Afganistán) por explotación de recursos, mano de obra y poder político. Cuenta también con el apoyo directo e indirecto de gobiernos y sectores sociales lacayos del imperialismo, tal como evidenciado por el gobierno Lula y su política social-entreguista, sectores de la burguesía venezolana, etc. Así, la guerra imperialista contra Venezuela y Palestina deben recibir toda la atención de los revolucionarios brasileños apoyando las resistencias desde, especialmente, los métodos clásicos del proletariado: la acción directa, es decir, huelgas, sabotajes, boicots, protestas, movilizando los lugares de trabajo y vivienda y enfrentando a las burocracias sindicales y partidarias.
En el caso de la presión de Trump a América Latina, en el cual estamos implicados directamente, tenemos mayor capacidad de intervenir y combinar la lucha antiimperialista con las tareas de la lucha socialista y revolucionaria latinoamericana: combate a las burocracias y gobiernos “progresistas” y “reaccionarios”, combate a las clases dominantes nacionales asociadas del imperialismo, apoyo al armamento general del pueblo y a las luchas guerrilleras de liberación, defensa de la acción directa proletaria y de la independencia de clase en las luchas y revueltas populares, etc. pudiendo generar a partir de esos procesos diversos y, por veces contradictorios, el fortalecimiento de un campo de alianza clasista y revolucionaria continental. Ese es un aspecto central de nuestra estrategia.
La guerra en Ucrania presentó un escenario más complejo. El territorio y el pueblo ucraniano son blancos del choque entre dos proyectos imperialistas (económicos y geopolíticos) en expansión en la región (Rusia x OTAN), que ha llevado a una nueva carrera armamentista en el continente europeo y, con la probable derrota de la OTAN, al remodelaje geopolítico del propio continente y sus países. En defensa del verdadero internacionalismo proletario y de la autodeterminación de los pueblos, en Ucrania no debemos apoyar a ninguno de los bloques imperialistas en guerra, ni Rusia, ni OTAN. La guerra en Ucrania demuestra la tragedia del gobierno títere y entreguista de Zelensky, así como del afán expansionista de la OTAN y de Putin. La victoria de cualquiera de los bloques, en las condiciones actuales, no representa una política antiimperialista, mucho menos anticapitalista.
Por otro lado, Siria, que vive una guerra civil desde 2012, pasa por cambios significativos y que ponen en jaque las posibilidades de una alternativa revolucionaria y antiimperialista en la región. Inmediatamente después del golpe de Estado en Siria por la pandilla pro-yanqui y pro-expansionismo turco Hayat Tahrir al-Sham (HTS), la mayor lideranza kurda de la región, Abdullah Öcalan, anunció, directamente desde la prisión en Turquía, la disolución del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) y el fin de la lucha armada para transitar a un nuevo camino “democrático” y “pacífico”. La Casa Blanca bajo el gobierno Trump saludó la declaración de Öcalan y la capitulación de la cúpula del PKK. El portavoz del Consejo de Seguridad Nacional yanqui dijo que fue “un desarrollo significativo y esperamos que ayude a calmar a nuestros aliados turcos sobre los socios anti-ISIS de EE.UU. en el noreste de Siria. Creemos que ayudará a traer paz a esta región problemática”. En la práctica la disolución del PKK también tiende a favorecer a los gobiernos de Turquía e Israel.
Nosotros sabemos el precio pagado y el gran legado de la lucha armada de las masas populares kurdas, bajo el liderazgo del PKK, sea en Turquía, Siria, Irán e Irak. Por eso esa capitulación golpeó de lleno a miles de militantes y luchadores que creían sinceramente en la lucha kurda como vanguardia de una política revolucionaria anticapitalista y socialista global. Sin embargo, es importante ver las cosas como son, no fantasear la realidad, si queremos mantenernos firmes en la lucha popular revolucionaria. Sobre la reorientación del PKK:
En primer lugar: debe estar claro que es una capitulación a un tipo de democratismo burgués e integracionismo de los kurdos en el Estado turco vía partidos electorales, etc.
Segundo: las alianzas y compromisos tácticos de los kurdos con EE.UU., que se justificaban por un prisma táctico-militar, y generaron victorias militares importantes contra el Estado Islámico, fue generando un estrangulamiento de los objetivos estratégicos de consolidación de Rojava y de una política antiimperialista para la región. El consecuente aislamiento político en relación a los grupos de resistencia árabe en el Medio Oriente, la ambigüedad en relación a Israel y al sionismo, el remodelaje de Siria en favor de los intereses estratégicos de EE.UU. (apoyados por Israel y Turquía), generaron un “callejón sin salida”. Eso encaja en lo que Abraham Guillén dijo sobre la guerra: “Los éxitos tácticos que constituyen, a largo plazo, derrotas estratégicas, deben ser evitados por todos los medios.”
Tercero: Es necesario huir de la romantización occidental acrítica que dominó a sectores libertarios, progresistas y de izquierda alrededor del mundo. Es un momento para aprender con nuestros propios errores también. No desconsiderar la experiencia de la lucha kurda, inclusive seguir en solidaridad en lo que respecta a la lucha contra la violencia de las potencias regionales e imperialistas, pero hacer un análisis crítico riguroso, sin “quitar hierro” y sin renovar romantizaciones.
Por último: No existe “era de paz y de democracia”, como afirma Öcalan, muy por el contrario. Existe un avance de la hegemonía imperialista estadounidense en la región, y un recrudecimiento de las tensiones militares y geopolíticas en el Medio Oriente y en el mundo. La definición del PKK va en sentido contrario del desarrollo de la situación objetiva, para justificar su capitulación democrático-burguesa.
Frente a la guerra en Ucrania y Siria una gran parte de la izquierda brasileña demostró a escala internacional la misma falta de independencia de clase que posee internamente. Sean los apologetas del bloque sino-ruso (y de sus instituciones como los BRICS), como hacen el PCdoB y sectores del PT, sean los apologetas del Estado Ucraniano y de las “revoluciones democráticas” en Libia y Siria (vinculadas a los intereses de EE.UU./OTAN), como hacen el PSTU y sectores del PSOL. Mayoritariamente, la izquierda brasileña, por una tradición reformista y pequeñoburguesa, ha sido incapaz de pensar fuera de las polarizaciones burguesas y estatistas.
Todo eso demuestra la importancia de retomar nuestra tradición socialista revolucionaria. Ambos bloques imperialistas (EE.UU.-OTAN x China-Rusia) se utilizan, comúnmente, del argumento de “guerra de defensa” y “soberanía nacional”, pero eso no es nuevo. Esa perspectiva estuvo presente en las disputas políticas que precedieron a la Primera Guerra Mundial, siendo radicalmente combatida por sectores revolucionarios del movimiento obrero (bolcheviques y anarquistas), pero que tuvieron la adhesión de la mayoría de los partidos socialdemócratas europeos que capitularon al social-chovinismo, es decir, a la política de apoyar a sus países y burguesías nacionales en nombre de la “autodeterminación nacional”. El Partido Socialdemócrata Alemán fue el principal representante del social-chovinismo, política oportunista y burguesa que destruyó la II Internacional. Lenin presentó la política más correcta desde un punto de vista clasista y revolucionario: el argumento de “guerra de defensa” y “soberanía nacional” (defendido por todas las potencias en guerra!) eran falacias para justificar la lucha entre los capitalistas por sus lucros, recursos y poder; era necesario rechazar la guerra y sus “ideologías nacionales”, actuando entre las masas de sus propios países (sobre las contradicciones generadas por la guerra: hambre, desempleo, etc.) para transformar la guerra imperialista en guerra civil, es decir, en acciones directas y revoluciones proletarias contra sus propios gobiernos y burguesías. Esa política revolucionaria en un contexto de guerra injusta, interimperialista, defendida inicialmente por una minoría de revolucionarios, ganó a las masas rusas y salió victoriosa con la revolución rusa, no solo poniendo fin a la Guerra, sino iniciando una era de revoluciones por el mundo.
A su vez, las guerras de liberación nacional a lo largo del siglo XX actualizaron y enriquecieron la política revolucionaria frente al imperialismo y al colonialismo. Vietnam, Cuba, Argelia y otros procesos demostraron que los revolucionarios no solo podrían, sino que tenían el deber de apoyar y participar de las luchas por la independencia nacional de los pueblos y patrias oprimidas. Era una política para un contexto de guerras populares y nacionales de liberación, de resistencia, defensiva, es decir, cuando no se daba entre dos o más potencias imperialistas por riquezas y poder, sino por países y pueblos oprimidos. Esas luchas defensivas, a pesar de imposiciones de la realidad histórica y geográfica de cada país, presentaron limitaciones evidentes en cuanto a sus horizontes emancipatorios, exigiendo desde el inicio que los revolucionarios y el proletariado forjaran, a lo largo de esos procesos de lucha, fuertes organizaciones (de vanguardia y de masas) independientes de la burguesía y de las concepciones nacionalistas burguesas y capituladoras.
A pesar de vivir hoy una nueva escalada del conflicto imperialista a escala mundial, no tenemos una base de masas ni vanguardias revolucionarias preparadas y experimentadas que existían en el siglo XX. Existe un largo camino por recorrer, pero no debemos capitular y abandonar los principios porque “es eso lo que todos están haciendo”. Los principios son para mantener el rumbo en los momentos difíciles. Como dijo Malatesta en la época de la Primera Guerra Mundial: “Es deber de los socialistas (…) hacer todo lo posible para debilitar al Estado y a la clase capitalista y tomar como único guía para su conducta los intereses del socialismo; o, si ellos son materialmente impotentes para actuar eficazmente por su propia causa, ellos deben al menos rechazar cualquier ayuda voluntaria a la causa del enemigo y alejarse para salvar sus principios – lo que significa salvar el futuro”. Nuestra tarea, si no es viable aún una política revolucionaria de masas, es hacer la lucha ideológica a través de la agitación y propaganda por la independencia de clase, contra el imperialismo y el oportunismo, apoyando las reivindicaciones y los métodos propios del proletariado.
Por último, es fundamental que analicemos con más cuidado en el próximo período: las inversiones económicas y planes estratégicos de EE.UU. y de China en Brasil y en Latinoamérica (tal como la ferrovía bioceánica, acuerdos comerciales, inversión extranjera directa, etc. teniendo como hitos los lanzamientos en 2025 de la Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. y el Documento sobre la Política de China para América Latina); las bases militares yanquis en América Latina; el desarrollo de la política latinoamericana a través de sus gobiernos burgueses “progresistas” y “reaccionarios”, así como de las luchas y revueltas populares; los tratados comerciales de Brasil con otros países, tales como: Israel, Rusia, el acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, etc. Todo eso debe ser analizado por nosotros con el objetivo de sacar lecciones para la lucha de clase del proletariado y de los revolucionarios, con un sesgo clasista e internacionalista.
3 – Resoluciones sobre el capitalismo brasileño: lucha de clases y lucha de tendencias
El análisis del desarrollo capitalista brasileño exige un balance crítico de las tesis y programas que orientan las políticas de los partidos socialistas y comunistas, y también de la economía política burguesa brasileña. Una crítica de la “economía política brasileña” desde un punto de vista revolucionario muestra las conexiones entre el reformismo, el nacional-desarrollismo y el neoliberalismo.
Las tesis del PT y del PCdoB3 (que constan en los programas de los respectivos partidos) muestran que sus intervenciones políticas estuvieron orientadas por ciertas teorías y análisis de la sociedad brasileña. Esas tesis básicamente se construyen por la negación o secundarización del conflicto Capital-Trabajo, es decir, de la lucha de clases, además de la negación de la vía revolucionaria insurreccional de transformación de la sociedad sustituida por la defensa estratégica electoral, la llamada Estrategia Democrático-Popular, seguida de forma abierta o avergonzada por la amplia mayoría de lo que se llama izquierda brasileña.
El PT sustituye en su discurso y práctica política la contradicción entre “burguesía y proletariado” por la oposición “Sociedad Civil X Estado o Gobierno”, que sustenta su defensa de la “Democracia” como valor universal, tanto en escala nacional (en oposición al fantasma del “fascismo”) como en escala internacional (en oposición a la “unipolaridad”). En la idea de sociedad civil estaba implícita la alianza con la burguesía y legitimación de sus intereses como intereses “universales” de la “sociedad civil”. Al mismo tiempo, el PT produjo un diagnóstico de que el problema central de la sociedad brasileña estaría en la “estancación económica”. La idea de un pacto reuniendo trabajadores y empresarios (la “sociedad civil”) es exactamente el producto de esa base teórica democrático-burguesa.
El PCdoB también indica, desde mediados de los años 1990, la existencia de una crisis del capitalismo mundial y que Brasil se encontraba también en una “crisis económica”, caracterizada por la estancación. La teoría y el programa del partido indican la necesidad de desarrollar el “capitalismo nacional” como precondición de la transición del capitalismo al socialismo, y para eso serían necesarias medidas de incentivo al capital privado nacional e internacional. Al mismo tiempo, los comunistas indican que la contradicción principal de la sociedad brasileña sería “nación X imperialismo”, y entre “fuerzas progresistas X conservadoras”, representantes de los intereses de la nación y del progreso y los contrarios a ellos. Por eso, un frente amplio reuniendo trabajadores y burguesía nacional sería necesario para realizar el desarrollo del capitalismo nacional.
En ese sentido, la adhesión al neoliberalismo de fuerzas como el PCdoB y PT no es casual ni el producto de una “traición” a su programa, ni de la contradicción entre la práctica y la teoría, sino al contrario, es el fruto de la aplicación de su programa y teoría, bajo ciertas condiciones históricas, en que las medidas neoliberales son las únicas que consiguen aumentar la competitividad de una economía nacional dependiente y periférica en el sistema mundial y conseguir el apoyo de la burguesía nacional. Es también el fruto de la adaptación de los partidos a los aparatos de Estado, de su estrategia de conquista pacífica del Estado para desarrollar el capitalismo.
A lo largo del siglo XX y XXI esos partidos oportunistas vinieron reduciendo sistemáticamente la política a su forma parlamentaria y burguesa. El cretinismo parlamentarista gana la cabeza y los corazones de casi toda la izquierda brasileña, incluso de las organizaciones que no poseen diputados o senadores, que actúan y analizan la realidad como “proponentes” de políticas gubernamentales “viables” y “ponderadas”, alternativas para solucionar crisis políticas y económicas de las clases dominantes, tendencia esta reforzada por la dinámica de las redes sociales. No se piensa y actúa como verdaderos líderes y vanguardias en el seno de las masas, ayudándolas a organizarse, a luchar, a educarse políticamente. Se mira hacia arriba, no hacia abajo.
El PSTU y el PSOL, ambos surgidos de dentro del PT, se mantienen en el cuadro teórico y programático reformista y sus contradicciones. Ambos Partidos visualizan como marco estratégico programático la realización de una “Asamblea Constituyente” para refundar las instituciones políticas. Al mismo tiempo, asumen la idea de que la ofensiva “imperialista” bajo la forma del capital financiero es la principal característica del capitalismo mundial. Luego el imperialismo actúa a través del capital financiero y por el mecanismo de la fuga de capitales y de los intercambios desiguales, y por eso las principales tareas del movimiento proletario serían la lucha contra la “deuda externa” y la reactivación del mercado interno. Una vez más se llega al problema de la “estancación económica” y la necesidad de conquista del Estado burgués por la vía pacífica-electoral para resolver los problemas del desarrollo capitalista nacional. Volvemos a la Estrategia Democrático-Popular.
Incluso los partidos que están en el campo “antigubernamental” tienen teorías y programas que se inscriben en los cuadros de una herencia “ambigua”, que llevan a la necesidad del desarrollo capitalista, colocan implícitamente la contradicción nación X imperialismo como principal (ahora pretendidamente representada por la oposición capital financiero internacional X capital productivo nacional), que pueden ser percibidas por sus principales banderas. Así, queda abierto espacio para una nueva alianza con la burguesía nacional en favor del “crecimiento económico”, “reindustrialización”, “soberanía nacional”, “defensa de la democracia”, etc.
Un análisis teórico más serio indica que esos posicionamientos (las tesis, análisis y programas de los partidos oportunistas y reformistas brasileños) están fundados en la teoría de la revolución por etapas defendida en Brasil por los comunistas ortodoxos del PCB y también en la estrategia democrático-popular formulada por el PT. También existen matrices “nacionalistas” y “democrático-burguesas”, desarrolladas en Brasil por los miembros de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y Caribe).
Las teorías de la revolución por etapas y nacional-desarrollista de las reformas estructurales o de base tuvieron diversos intercambios teóricos y cimentaron alianzas de socialistas, comunistas con sectores nacionalistas y burgueses. Varios de esos sectores “cepalinos” migraron después al PT y PSOL. Y tales teorías llevan necesariamente a alianzas con la burguesía. Las principales características de esas teorías son: a) fetichización del Estado-Nacional, visto como agente neutro en relación a las clases; b) la secundarización del conflicto de clases (capital-trabajo); c) el análisis de la cuestión económica desde el punto de vista del capital y la negligencia teórica de la cuestión de la explotación.
Pero el capitalismo se basa en la explotación. Desarrollar el capitalismo es desarrollar la explotación. Tales teorías ignoran eso.
La experiencia reciente de los partidos reformistas brasileños muestra que lejos de equívocos o traiciones, sus prácticas reflejan esa constitución teórica y estratégica. No solo en el caso del PT, PCdoB y PSOL que fueron llevados al campo de la contrarrevolución en razón de sus premisas, sino también la práctica oscilante de partidos como el PSTU, PCB y UP, su fraseología y prácticas contradictorias los llevaron a actuar a la cola del Lulismo. La rápida degeneración del PSOL, adhiriendo al Lulismo y económicamente al neoliberalismo, así como el seguidismo del PSTU, UP, PCB, PCO y PCBR a la agenda Lulista y de sectores de las clases dominantes (como el STF y fracciones burguesas) atemorizados y movilizados contra la “amenaza golpista”, por la “reducción de las tasas de interés” y tasación de los “super-ricos”, por la “soberanía nacional” y diversificación de las exportaciones, en defensa de los BRICS y etc. explicitan una vacilación en sus prácticas, a la cola de la política burguesa supuestamente en defensa de la “democracia” y de un sector “productivo y nacional”.
Para romper con tales contradicciones y prácticas que hoy hunden a la izquierda brasileña en crisis, rupturas y capitulaciones, es preciso romper con tales estrategias, programas y concepciones.
3.1 – El desarrollo dependiente brasileño en el siglo XX y XXI
La experiencia del desarrollo capitalista brasileño puede ser caracterizada a partir de dos conceptos solidarios. Podemos decir que Brasil es un país que tuvo una experiencia particular del desarrollo dependiente y también de desarrollo del subdesarrollo. Eso significa que la historia económica y política de Brasil presenta características que necesitamos comprender.
Al caracterizar a Brasil como un país que tuvo la experiencia del “desarrollo del subdesarrollo”, estamos hablando de una experiencia que atribuyó una posición específica en la División Internacional del Trabajo, en la estructura del imperialismo y del sistema mundial de Estados, así como generó características sociales y económicas en la estructura social global y en la estructura de clases. Al mismo tiempo, enfocamos un momento histórico de la economía brasileña, aquel del desarrollo urbano-industrial.
La formación de la sociedad brasileña está marcada por su origen colonial. El proceso de colonización en las Américas y de formación de los Estados-Nacionales en esta región, eran integrantes de un proceso mundial de “acumulación primitiva”, comandados por las potencias europeas. La evolución de la sociedad brasileña, a través del período de la Colonia, del Imperio y de la República, así como de los ciclos económicos, está condicionada por la relación metrópoli-satélite. Brasil surge entonces como país satelizado por el desarrollo capitalista europeo, y las relaciones de producción aquí existentes eran producidas, transformadas y dirigidas a través de esa relación.
El proceso progresivo de construcción del capitalismo en Brasil a partir de su origen colonial (por la Ley de tierras de 1850, después por la abolición de la esclavitud y proclamación de la República), condicionó la propia estructura social y de clases. Brasil a principios del siglo XX era un país agrario-exportador, y las relaciones de producción aquí existentes eran determinadas desde fuera por la relación metrópoli-satélite o centro-periferia. La inserción de Brasil en la DIT clásica estaba caracterizada por su papel de proveedor de materias primas e importación de productos industrializados.
Los cambios principales en la estructura social se darán a partir del siglo XX, en razón de los cambios en el capitalismo mundial, con la consolidación del sistema imperialista. El período 1930-1980 será el de la “revolución burguesa” en Brasil, revolución tecnológica y de las relaciones de producción, social y políticamente autocrática. En ese período, Brasil se convertirá en un receptor privilegiado de capitales, exactamente por las tasas mayores de lucro, posibilitada por la superexplotación. Quiere decir, el proletariado brasileño ocupaba una esfera inferior del doble mercado de trabajo mundial. La estructura del imperialismo operaba por la centralidad de las relaciones de explotación garantizando la expansión de capitales. Esos capitales son los que condujeron el proceso de industrialización en Brasil. Los cambios derivados de la industrialización fueron principalmente la formación de un expresivo proletariado industrial (cuantitativa y cualitativamente hablando), así como la elevación de las tasas de crecimiento económico.
La posición de Brasil en la DIT cambió en ese período. Brasil dejó de ser apenas un país exportador de materias primas y pasó a ser un país industrializado que progresivamente pasó a producir incluso bienes de capital. El volumen de capital invertido colocó al país en una nueva posición. La “pérdida” del país (para un movimiento revolucionario) e incluso crisis económicas amenazarían la propia estructura del imperialismo y la acumulación capitalista mundial. Brasil pasó entonces por un desarrollo que no acabó con la dependencia, la transformó por un desarrollo que eliminó ciertas características económicas del subdesarrollo (predominio de la agricultura y de la exportación, poca diversificación de la estructura productiva), pero profundizó las características sociales del subdesarrollo. Brasil alcanzó con eso la posición contradictoria de semiperiferia, por encima de los países subdesarrollados de otras regiones de la periferia, por debajo de los desarrollados del centro.
Aquí el capital internacional, el capital nacional privado y el capital estatal conformaron lo que se llamó de “triple alianza” y que garantizó el desarrollo dependiente, es decir, la acumulación de capital local en armonía con la estructura del imperialismo. Esto implicó que a pesar del desarrollo industrial y del crecimiento económico, los grandes problemas sociales (desigualdad socioeconómica de clases, concentración de tierras, dependencia externa) no fueron resueltos de acuerdo al “modelo europeo de revolución burguesa”, exactamente porque la tasa de lucro buscada en la periferia y semiperiferia exigía que no se hicieran concesiones importantes a la clase trabajadora. Por eso la cuestión agraria, la cuestión urbana, de la violencia social y política, son problemas estructurales del capitalismo en general pero que en los cuadros de un país periférico no tienen solución viable por reformas burguesas.
El proceso de desarrollo dependiente brasileño contradijo las antiguas tesis de los marxistas ortodoxos y nacional-desarrollistas. La estancación económica no solo no era inevitable como irónicamente las tasas medias de crecimiento económico en Brasil en el siglo XX fueron mayores que las medias mundiales. La burguesía nacional y el Estado fueron no los focos de contradicción con el imperialismo, sino, al contrario, un elemento central de la asociación del capital extranjero con el capital nacional en la explotación conjunta de la clase trabajadora brasileña y latinoamericana.
El Estado y el capital estatal fueron fundamentales para viabilizar el proceso de desarrollo dependiente. La centralización estatal del período Vargas y después, en la Dictadura militar, con la expansión de las empresas estatales y de su función estratégica, confirman la tesis sobre la importancia del Estado para el proceso de acumulación de capital, y el carácter dialéctico de las determinaciones entre política y economía. El desarrollo del Estado Nacional y sus funciones de control (y de la ideología estatista en la clase trabajadora) fueron características presentes en todo el proceso de industrialización brasileño. El análisis socialista revolucionaria rompe con el fetichismo del “Estado neutro”, pasible de ser agente del desarrollo en beneficio de todas las clases.
Entre los años 1980 y 2000, los cambios en la estructura del imperialismo en el sentido de un capitalismo ultra-monopolista provocarían transformaciones significativas en la DIT y en la estructura de clases, afectando a Brasil. Aquí los cambios de orden macroeconómica solo comenzaron a suceder en los años 1990 en medio de una gran recesión de la economía mundial y brasileña. Esos cambios se procesarían en Brasil, especialmente tras la redemocratización, cuando los sucesivos gobiernos (Collor, FHC y Lula) implementarían políticas neoliberales, en curso hasta los días actuales. El cambio social, que se dio en el plano político por la transición de la dictadura a la democracia burguesa y en la economía del intervencionismo al neoliberalismo, cambiaría profundamente las relaciones de producción, con impactos decisivos sobre la estructura de clases, acentuando, sin embargo, las viejas contradicciones de la sociedad brasileña.
Las transformaciones políticas neoliberales forman parte de la adaptación de Brasil a la reestructuración del capital a escala mundial. Los gobiernos Collor, FHC, Lula, Dilma, Temer y Bolsonaro se insertan en una línea de continuidad de medidas neoliberales que buscan garantizar la inserción competitiva de Brasil en la nueva DIT. La realización de políticas sociales y asistencialistas durante los gobiernos petistas, posibilitadas por el “boom de los commodities” a principios del siglo XXI, y, por lo tanto, basadas en la profundización del patrón agro-mineral-exportador, apenas confirma esa tesis. La realización de esas reformas neoliberales (previsional, laboral, universitaria, “techo de gastos”, etc.) tiene una importancia central en el caso brasileño, una vez que la tendencia mundial apunta a una nueva división del trabajo, en que Asia se presenta como ambiente privilegiado de la exportación de capitales. Las reformas neoliberales se hacen casi que imperativas para el conjunto de la burguesia en Brasil, pues ellas permiten la construcción de una “nueva competitividad”.
Otro elemento que necesita ser destacado es el de la modernización conservadora en la agricultura, en que el agronegocio exportador ocupa un lugar estratégico en el nuevo modelo económico, así como la ampliación de la explotación de minerales y recursos energéticos. Ocurre en las últimas décadas (teniendo como hito el “boom de los commodities”) un proceso que interconecta los intereses de la burguesía nacional, de la burguesía imperialista (especialmente de China) y del Estado brasileño. Hay una desindustrialización profunda del país, con serios indicios de reversión a una condición “neocolonial”, de exportación de materias primas e importación de industrializados y chucherías (alimentando el sector informal y precarizado), condición oficializada también en tratados comerciales como el Mercosur-UE. El papel que la gran burguesía agraria y mineral cumplen en la economía, política y sociedad brasileña, tanto para la ascensión de los gobiernos de derecha de Temer y Bolsonaro, como para los gobiernos petistas, es gigantesco. El gobierno Lula-Alckmin bate récords en Plano Safra (Plan Cosecha) y actúa como un lacayo de los intereses del “agro”.
Por otro lado, avanza hoy en Brasil, directamente relacionada a la base económica neoliberal, el fortalecimiento del autoritarismo y de la represión estatal (y paraestatal) contra las masas populares. Una serie de medidas legales viene sirviendo para reprimir al pueblo y sus organizaciones de lucha: la Ley de Drogas, la Ley Antiterrorismo, la GLO4, la creación de la Fuerza Nacional, el aumento de los gastos militares y policiales, el aumento del poder judicial y del STF, además de decenas de Proyectos de Ley con el objetivo de criminalización de ocupaciones populares de tierra y de vivienda. Aumenta también las políticas antisindicales, especialmente contra el proletariado marginal, pero también con el aumento de la declaración “ilegal y abusiva” de las huelgas en general.
Según el Anuario Brasileño de Seguridad Pública (2025), en 2024 las policías brasileñas mataron a 6.243 personas (17 por día), entre los cuales el 99,2% eran hombres, 82% negros y la mayoría jóvenes. El estado que más mata es Bahía, gobernado por el PT. Además, a pesar de la creación del Ministerio de los Pueblos Indígenas (MPI) por el gobierno Lula-Alckmin, y conjuntamente la aprobación del Marco Temporal y del PL de la Devastación, según el informe “Violencia contra los pueblos indígenas en Brasil – 2024” en los últimos diez años los casos de asesinatos de indígenas crecieron un 201,43%, pasando de 70 casos en 2014 a 211, en 2024.
En relación a la violencia criminal y paramilitar, el crimen organizado viene descentralizándose y adentrando en la cuestión agraria y en la política de los interiores, tal como el registro de interferencia con violencia y asesinatos políticos por el crimen organizado en cerca de 40 ciudades en Brasil desde las últimas elecciones. El movimiento paramilitar “Invasión Cero” crece y se organiza por todo Brasil, enfrentando especialmente movimientos y luchas campesinas locales y regionales, en el interés de hacendados y latifundistas reaccionarios, con el apoyo directo o velado del Estado brasileño. El movimiento organizó su primer encuentro nacional el día 07/06/2025 en Ilhéus (BA). El trabajo informal en las grandes ciudades, especialmente de ambulantes y vendedores ambulantes, que hoy representa casi la mitad de la clase trabajadora brasileña es cada vez más víctima de violencia sistemática de órganos especializados del Estado apoyados por la policía militar para robar y agredir a los trabajadores.
Hace 40 años el Estado brasileño vive su mayor período “democrático”. Sin embargo, a lo largo de ese período crece el carácter contrainsurgente del Estado, sea por la continuidad de dispositivos de la Dictadura5, sea por nuevos instrumentos legales e ilegales que son accionados por las clases dominantes. Los gobiernos de Lula, Dilma, Temer y Bolsonaro avanzaron en esa misma dirección. La “estabilidad” de la Nueva República6 burguesa se ha dado a costa de incorporar, en su dinámica de funcionamiento, medios legales e ilegales, militares y paramilitares, de represión, persecución y terrorismo de estado contra las masas trabajadoras, en especial del proletariado marginal y del campesinato, contando para eso con la connivencia de las burocracias sindicales y partidarias del PT, PCdoB y sus satélites, integradas e interesadas en el mantenimiento del orden democrático-burgués del cual se benefician. La inexistencia de organizaciones revolucionarias con influencia de masas y capacidad militar de autodefensa es el principal factor de desprotección e impotencia del proletariado brasileño frente a las ofensivas del Estado y del Capital.
4 – Resoluciones sobre crisis política, lucha de clases y elecciones de 2026
No cabe aquí repetir todos los elementos de nuestro análisis de coyuntura política, sino actualizar y reforzar nuevos elementos, sacando lecciones y balances para nuestra acción militante. La base inicial de nuestro análisis sobre distintos aspectos de la realidad brasileña, de la crisis de organización y dirección del proletariado, etc. están presentes en nuestro Comunicado nº 1 del GLP “Quiénes somos y quiénes son nuestros enemigos”.
El ataque comercial de Trump a Brasil en el 1º semestre de 2025 reveló y se vinculó a dos factores de la coyuntura política nacional: el proceso de prisión de Bolsonaro y la política gubernamental-electoral de Lula hasta 2026. La “guerra comercial” fue providencial para el gobierno y los sectores lulistas del movimiento sindical y popular. En la inminencia de que Bolsonaro fuera preso y se volviera carta fuera de la baraja electoral, dificultando la agitación “contra la amenaza fascista”, el Lulismo y sus satélites encontraron una nueva bandera para servirle de plataforma: la defensa de la “soberanía nacional” y vincularla a la bandera “antigolpista”. Hoy el Lulismo se presenta con su legitimidad renovada: son los sectores que tienen un programa de reformas neoliberales y de fortalecimiento de la burguesía brasileña, manteniendo un barniz “democrático y soberano” de defensa de las instituciones y del desarrollo capitalista.
Algunos elementos de la actual coyuntura política brasileña pueden ser resumidos: 1) la izquierda lulista aprovecha electoralmente la situación de prisión de Bolsonaro y tasación de Trump; 2) se profundiza la división de la derecha con la política entreguista y ultra-ideológica del bolsonarismo; 3) frente a la tasación de Trump aumenta la cohesión momentánea de fracciones burguesas, de la derecha y de la izquierda “radical” en torno al Lulismo; 4) dificultad de la derecha en encontrar un nuevo nombre que la unifique políticamente; 5) las izquierdas “radicales” (PSTU, PSOL, UP, PCB, PCBR) se someten nuevamente a la agenda Lulista en torno a la “lucha contra el Congreso” y por la “Soberanía”, es decir, salen una vez más como apoyadoras del gobierno en crisis, hipotecando inclusive su voto a Lula en el 1º o 2º turno en 2026; 6) a pesar de la imposibilidad de aceptar íntegramente el chantaje de Trump, el gobierno Lula-Alckmin practica una política social-entreguista, conciliando un acuerdo “menos peor” que favorezca sobre todo los intereses del imperialismo (tierras raras, big techs, etc.).
Pero esa tendencia política de favorecimiento del Lulismo tiene límites. A corto plazo: a pesar de la prisión e inelegibilidad de Bolsonaro, aún existe fuerza política del bolsonarismo, con bases sociales en las elites religiosas, en la pequeña burguesía, sectores del capital y de las fuerzas armadas. El bolsonarismo cuenta con varias liderazgos políticas de extrema derecha disputando el “podio”. Su base, aunque a la defensiva, sigue movilizada y renovando el discurso “contra las instituciones” y “antisistema” que tiene apoyo popular. Otro elemento central de la coyuntura, que actúa en el subsuelo de las relaciones sociales, pero con una potencia muy fuerte, es el mantenimiento de la superexplotación y de la precarización de la clase trabajadora, ese es el principal factor de la lucha de clases nacional, común al proyecto neoliberal de la derecha y de la izquierda, y que representa el foco de cualquier acción clasista y revolucionaria.
A mediano plazo la situación es mucho peor, “catastrófica” para la estrategia político-electoral del PT. Desde la redemocratización la construcción del PT se dio en torno a la reducción parlamentaria y electorera de la política, así como al reforzamiento del personalismo de Lula. Con la imposibilidad de Lula de competir en las elecciones de 2030 (o perder en 2026, o morir a la mitad del mandato), y la incapacidad flagrante del PT de formar nuevas liderazgos de masas y reconstituir sus bases sociales, existe una tendencia muy fuerte de implosión del PT, no necesariamente llevándolo al fin, sino llevándolo a su adecuación aún mayor al orden burgués como partido tradicional y a nuevas rupturas en sus ya exiguas bases partidarias, sindicales y populares. Por toda la importancia del PT y de Lula en la política nacional, los revolucionarios deben analizar y prepararse para intervenir en ese nuevo contexto.
4.1 – Renovación del Oportunismo o Reorganización de la lucha proletaria y revolucionaria
La situación de defensiva, reflujo y crisis de las masas trabajadoras impone un período desfavorable para la acción militante, pero no imposible. La principal tarea de los revolucionarios es impedir la desbandada político-ideológica de los militantes y la pasividad de las masas. No es un contexto de ofensivas, aunque luchas locales y sectoriales pueden ocurrir. Pero los antagonismos sociales se acumulan, por la precarización del trabajo y de las condiciones de vida, llevando a nuestra clase a la lucha incluso sin una amplia conciencia y organización capaz de garantizar victorias más sustantivas. Nuestro pueblo va a la lucha en base al odio, de la necesidad y de la desesperación, de forma reactiva, y comúnmente pierde por aún no conseguir construir un poder propio, volviéndose víctimas inevitables de todo tipo de aprovechadores.
Los partidos y organizaciones de izquierda, reformistas o revolucionarias, se han hundido en confusiones y rupturas provenientes de su posición política frente al PT. La raíz de la crisis y ruptura en las izquierdas es concreta: viven a la cola y de las migajas del PT, no poseen independencia real, no solo política o estratégica, sino también de base social. En la medida en que la política lulista reniega a la organización y lucha de masas, sustituyéndolas por el más podre electoralismo y personalismo, las demás izquierdas pierden junto con el PT una base orgánica de masas. Por eso se vuelve importante el apoyo de los revolucionarios a los polos organizativos independientes del Lulismo, transitorios o permanentes, tal como los “foros de lucha”, “oposiciones unificadas”, en especial el fortalecimiento nacional de la CSP-Conlutas7. Debe enfrentarse en todos esos espacios las contradicciones y limitaciones inevitables con una política propia, clasista y combativa. Pero la política revolucionaria no puede, tampoco, restringirse a esos espacios.
La tendencia política a corto-mediano plazo es la decadencia final del lulismo. Ese será el telón de fondo de las disputas a corto-mediano plazo en la política nacional, tanto en la izquierda como en la derecha. Los socialistas revolucionarios deben saber intervenir en ese contexto de crisis política, no para renovar la estrategia reformista y electorera, sino para destruirla a través de una intensa lucha ideológica. La política de Renovación del Oportunismo (que se presenta como “renovación de la izquierda”) es en mayor o menor grado reproducida por el PCBR, UP, PSTU, PCB, sectores a la izquierda del PT, PCdoB y PSOL. No rompen con la teoría y la práctica que llevaron a la degeneración del Lulismo, pero quieren reposicionarse/diferenciarse para “ocupar el vacío” que se abrirá (y que ya viene abriéndose con el horizonte de fin electoral de Lula). Las redes sociales, y no las luchas y organizaciones populares, han sido el triste escenario de ese circo.
Esa política de Renovación del Oportunismo se manifestará en los procesos de reorganización del movimiento sindical y popular brasileño. Hoy una gran parte de las luchas ya no tiene una participación decisiva de las viejas burocracias del PT, PCdoB, CUT, MST, MTST, UNE, etc8. Hay un notorio distanciamiento de la izquierda electoral de la base trabajadora y sus luchas. Cuando hablamos de reorganización de la clase, es un proceso que no ocurre de un día para otro, es un proceso que ya está en curso. Las últimas movilizaciones (huelga de apps, resistencia indígena, lucha de ambulantes, ocupación y huelgas en Pará, 1º de mayo, huelgas del servicio público, luchas en las favelas, ocupaciones de tierra y de vivienda, etc.) tienen cada vez una participación mayor de organizaciones locales, informales, nuevas, inexpertas e independientes. Buena parte de esas luchas “espontáneas” tiene una gran dificultad de nacionalización y, principalmente, dificultad de formación de una nueva vanguardia con un grado de conciencia estratégica y programática más amplia, es decir, de un Proyecto Político, más allá de los límites del pragmatismo, inmediatismo y corporativismo. Así, esas liderazgos populares locales, por más autónomas que sean, al no avanzar en un sentido revolucionario acaban retrocediendo y siendo cooptadas por los Proyectos burgueses del lulismo, bolsonarismo o “terceras vías” a la derecha y a la izquierda.
Así, la principal importancia de la crisis del lulismo no es abrir la posibilidad de disputar “a la izquierda” sus viejas burocracias. Esa es la expectativa equivocada de la mayoría de la izquierda reformista “radical” que vive en la cola del PT. Para nosotros, social-revolucionarios, la crisis del lulismo debilitará (o incluso implosionará) el mayor instrumento de control de la clase trabajadora brasileña desde la redemocratización, generando un contexto político favorable a las nuevas movilizaciones y a la reorganización de las masas populares. Aflojar la camisa de fuerza del petismo podrá favorecer a las fuerzas renovadoras de las luchas y organizaciones populares. Más que un juicio de valor, es un hecho. Ciertamente existirán tendencias a la derecha que disputarán ese proceso, pero nos corresponde a nosotros, en lugar de “lamentar por los muertos”, o peor, “resucitarlos”, destruir su nefasta influencia burocrática, electorera y oportunista sobre el movimiento de masas, contribuyendo con una profunda reorganización y reorientación de las luchas de nuestro pueblo. Aunque los militantes oriundos de la izquierda tradicional puedan ser incorporados, la principal tarea de los revolucionarios es ir al pueblo y dedicarse arduamente en la formación de nuevos militantes y organizaciones de masas, así como, dentro del movimiento sindical-popular hacer oposición a las burocracias de la CUT y CTB9 y presentar una alternativa clasista y combativa.
Ese proceso de crisis política y organizativa llevará a un período transitorio de caos y disputa generalizada de referencias, a la derecha y a la izquierda. Es preciso asumir la necesidad de ese período transitorio. Cuanto más tiempo las organizaciones de masas y de vanguardia se mantengan en la cola del petismo, optando por la vieja estabilidad y con temor a las tempestades del cambio, más se prolongará la crisis y más la crisis impactará a las demás organizaciones y vanguardias populares independientes. El lento crecimiento de las organizaciones independientes que pueden impulsar y disputar la reorganización de las masas es también otro factor que podrá prolongar la crisis, inclusive inclinar la disputa a la derecha, por eso la formación urgente de nuevos militantes y liderazgos clasistas es tan fundamental. Otro hecho es la unidad de los revolucionarios a nivel nacional.
Asumir la responsabilidad histórica, abdicando de la autoproclamación y fórmulas listas y doctrinarias, debe llevar a corto-mediano plazo a la aproximación, alianza e incluso fusión/incorporación entre los pequeños grupos revolucionarios, superando divergencias y desentendimientos menores (doctrinarios, personales, sectarios, etc.) y expandiendo la capacidad de intervención ante las necesidades concretas. El período de fragmentación de las izquierdas (2016-2024) ante los impasses coyunturales y de sus propias contradicciones internas, debe ser sucedido por la búsqueda de la reunificación de las fuerzas socialistas revolucionarias, a partir de un balance autocrítico y de la resolución de sus contradicciones internas y de su línea política y de masas. Solo así podremos estar a la altura de los acontecimientos y colaborar efectivamente para una reorganización clasista y combativa de las masas populares en Brasil.
Por eso, las tareas a corto-mediano plazo de una política popular revolucionaria se sintetizan en la etapa estratégica “Ir al pueblo”, es decir, a través del método materialista de movilización, actuar sobre las condiciones concretas, impulsando las reivindicaciones materiales del pueblo, a través de la agitación, propaganda y organización. Pero eso por sí solo no basta, es parte de esa etapa estratégica combinar el impulso de las luchas y organizaciones de masas con una intensa lucha ideológica dirigida a las vanguardias, con el objetivo de aproximar/unificar las vanguardias militantes y combativas ya existentes y, por otro lado, sacar a las liderazgos populares “espontáneas” de la influencia de la política electoral-burguesa y del reformismo, traerlas a una política clasista y revolucionaria, a otro nivel de conciencia, responsabilidad y organización como revolucionarios brasileños.
4.2 – La farsa electoral de 2026: balance de la táctica abstencionista y nuestras orientaciones políticas
Así, a pesar de que las elecciones de 2026 indican la victoria de Lula, la crisis del PT es un hecho apenas posponible en algunos años, y se sumará a la crisis de la democracia burguesa en Brasil. Esa es la principal tendencia de la coyuntura política, como ya señalamos anteriormente. Por otro lado, los cálculos electorales para el Congreso, las movilizaciones electoreras de calle, las “renovaciones de votos” contra el “fascismo” (sic) y en apoyo a los “menos peores” en la 2ª vuelta son las caras de una pequeña política de una izquierda aburguesada, moribunda y funcional al Sistema, rechazada por las masas populares y en crisis. Ante esa crisis política, no es interés táctico de los socialistas revolucionarios, mucho menos estratégico, colaborar o disputar la farsa electoral en 2026. Necesitamos enfrentar ese debate en nuestros lugares de trabajo y de vivienda, en defensa de un nuevo proyecto político y estratégico de liberación de las masas populares en Brasil.
La crítica a la farsa electoral, a la polarización electoral burguesa y a la estrategia reformista se mantiene como elementos estratégicos del análisis político y lucha ideológica del GLP. Pero de ese análisis sacamos conclusiones para la acción militante a nivel de movimiento de masas enfocadas en dos ejes: 1) Por la independencia de las organizaciones populares y sindicales en relación a las disputas y candidaturas para las elecciones burguesas; 2) Contra el voto de cabestro10 y el acoso electoral de patrones, jefes y políticos contra los trabajadores, especialmente sobre los más precarizados y marginalizados. Esa línea deberá ser defendida en las organizaciones y categorías en que actuamos, en escala local y nacional, especialmente en el próximo Congreso de la CSP-Conlutas que ocurrirá en abril de 2026.
Por último, hacemos aquí una autocrítica de las campañas de concientización popular para el “voto nulo” o “abstención” desarrolladas por muchos de nosotros y demás sectores combativos en el último período. Mucha energía fue gastada en esas campañas, pero ellas se demostraron poco capacitadas (en su forma y en el contenido) para contribuir concretamente con el avance de la conciencia y organización popular, restringiéndose a la reunión principista y ultra-ideológica de jóvenes libertarios de capas medias urbanas, con una simpatía popular pasiva y sin conseguir ligar tales campañas a los intereses y luchas concretas de nuestro pueblo. Eso no significa que la táctica del boicot electoral no sea válida, significa apenas que en el actual contexto y para 2026 no será la táctica que adoptaremos. Canalizaremos nuestra energía de otra forma. Los índices de “boicot electoral” ya son altísimos, la crítica a las elecciones y políticos es sentido común en el pueblo, pero todo eso no significará nada sin acumular para la lucha y organización. Así, nuestra intervención política frente a la farsa electoral en 2026, de crítica a la polarización burguesa entre Lulismo y Bolsonarismo, en defensa de la independencia de clase de las organizaciones sindicales-populares, de denuncia contra el voto de cabestro y acoso electoral contra el proletariado marginal, estará basada en ese balance autocrítico, asentada así más en el análisis concreto y en las tareas de la lucha clasista que en principismos y moralismos sobre el “voto” en sí.
5 – Resoluciones sobre Organización y Frente de Masas
La construcción de “corto, mediano y largo plazo” no es un eslogan vacío. Significa que existen etapas históricas de construcción organizativa interna. Exige lo que podemos llamar una estrategia organizacional que guíe las tácticas y los métodos en cada una de las etapas. Es la planificación del “para dónde ir y qué hacer”, que, ciertamente exigirá profundizaciones, correcciones y ajustes a lo largo de la caminata, en permanente diálogo con la coyuntura, pero exige un primer paso de línea política y teorización.
Nuestra estrategia organizacional interna debe estar en consonancia con los principios, concepciones y objetivos del Grupo. Como una tendencia militante de vanguardia, que actúa en el interior de las luchas y movimientos populares defendiendo una orientación clasista y revolucionaria, nuestro objetivo mayor es la construcción de la revolución brasileña por medio de la acción directa y organización de las masas proletarias y campesinas (sostenidas en sus sectores estratégicos) y guiada por un Programa que exprese y canalice los anhelos emancipatorios de nuestro pueblo de carácter socialista, antiimperialista y autogestionario.
La estrategia revolucionaria presupone, por un lado, la destrucción violenta del sistema capitalista brasileño y todas sus instituciones. Significa la creación de los medios necesarios para el enfrentamiento y la victoria sobre la gran burguesía, las fuerzas armadas y el imperialismo. A corto-mediano plazo eso exigirá también una lucha político-ideológica contra burocracias sindicales y partidarias que actúan como fuerzas auxiliares del orden. Por otro lado, nuestra estrategia indica trabajar desde ya por la inserción militante en los sectores estratégicos de las masas, capaz de apuntar en los momentos de radicalización de la lucha de clases una alternativa revolucionaria y sostener en la práctica la reorganización social amparada en el poder popular (autogestión) de las masas proletarias y campesinas, contra las tendencias conciliadoras o reaccionarias.
Pequeños o grandes, los desafíos de cada etapa de la lucha de clases no se vencen con palabras o buenas intenciones, se vencen con fuerza colectiva y una dirección correcta. Es eso lo que persigue una estrategia organizacional interna. O entendemos eso o quedaremos eternamente en la infancia de la lucha política (“pequeña política”), girando en círculos entre la integración sistémica (adaptándonos a los viejos y nuevos reformistas) y la desintegración cíclica (de los grupos radicales, libertarios y autonomistas). Por eso la importancia de romper con dogmatismos ideológicos y de secta que impiden la construcción de esa fuerza colectiva y dirección correcta. Los dogmatismos entorpecen el desarrollo de la organización interna y de la actuación externa, eso está comprobado por la experiencia de las últimas décadas.
Nos inspiramos y aprendemos con la larga tradición popular y revolucionaria en el mundo. Sin embargo, rechazamos el dogmatismo, inclusive organizacional, de modelos y cartillas prefabricadas. “Ir al pueblo” significa para nosotros el pensamiento profundo de que las formas originales de Organización, Estrategia y Programa que asumirán la Revolución Brasileña no pueden ser copiados, deben ser encontrados en el seno del pueblo y de la realidad brasileña, extraídos de sus luchas y dolores del pasado y del presente, sin nunca dispensar los más avanzados descubrimientos teóricos y técnicos de nuestro tiempo, lo que equivaldría a caer en otro dogmatismo (nacionalista). Servir a la liberación de nuestro pueblo es nuestra “regla” de lo correcto y lo errado, es a partir de ella que nos vinculamos a la lucha emancipatoria de todos los explotados y oprimidos del mundo.
5.1 – Etapas internas de Organización y Frentes: ¿De dónde venimos y para dónde vamos?
En los trabajos de esa Plenaria del GLP partimos del presupuesto de que debemos “revolucionarn a nosotros para revolucionar el Brasil”, parafraseando un documento del MIR (Chile). Eso significa en primer lugar que el tipo de organización (perfil militante, cargos, métodos decisorios, instancias, etc.), aunque mantenga determinados principios y coherencia, debe necesariamente pasar por cambios que respondan al avance organizativo interno en términos de calidad-cantidad y en relación a las exigencias de la lucha de clases. El objetivo es que los cambios operados internamente puedan garantizar un desarrollo armónico global, es decir, la superación de una etapa organizativa que se volvió obsoleta para una nueva etapa organizativa superior y que garantice cierta estabilidad interna para seguir avanzando y desarrollándose.
En segundo lugar eso exige una nueva actitud de los militantes: el desapego, el espíritu de crítica/autocrítica, la paciencia. El militante debe saber que la organización tal como la conocemos hoy no lo será mañana, y, por otro lado, la forma que ella asume hoy no es mejor ni peor que asumirá mañana, solo corresponde a las necesidades concretas de un momento dado. Es decir, no sirve fetichizar o aferrarse a una forma organizativa como “lista y acabada”, ni sirve querer saltar prematuramente etapas organizativas. En cada una de ellas hay puntos positivos y negativos que deben ser encarados y superados de forma materialista y dialéctica. Por eso debemos saber quiénes somos, nuestras debilidades y virtudes, sin superdimensionarlas. Como diría Sun Tzu hace 500 A.C.: “Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no necesitas temer el resultado de cien batallas”. Nosotros queremos vencer nuestras batallas, y en cada etapa son batallas diferentes a vencer.
La Planificación Estratégica Organizacional del GLP fue debatida y aprobada en la Plenaria. Como parte de esa planificación, y parte de la primera etapa de ella, también aprobamos un Estatuto interno. Abajo siguen los títulos y plazos simplificados de las 4 Etapas organizacionales, sin la necesidad de exponer en el presente documento las características, objetivos y los cambios organizativos internos debatidos y aprobados en cada una de ellas:
1 – Etapa de estancamiento y reorganización (plazo: 2 años – 2027);
2 – Etapa de expansión nacional y crecimiento local (plazo: 5 años – 2030);
3 – Etapa de profesionalización y consolidación nacional (plazo de 10 años – 2035);
4 – Etapa de unidad proletaria y gimnasia revolucionaria (plazo de 15 años – 2040).
Una planificación organizacional es fundamental, es un horizonte, pero no es una línea recta. Sabemos que la realidad es más compleja, conflictiva, con flujos y reflujos. Tareas de una etapa pueden ser adelantadas, así como tareas de una etapa pueden ser pospuestas o revisadas. Habrán disparidades geográficas entre localidades y regiones. Habrán disparidades políticas en el desarrollo de los frentes, etc. El militante debe ejercitar la paciencia y la conciencia del proceso. Nos corresponderá a nosotros el esfuerzo lo más científico y profesional posible para armonizar las partes en una práctica militante unitaria, fuerte y eficaz. Nuestra victoria depende de eso.
5.2 – Frente de masas: lucha contra la burocracia sindical e inserción en los sectores estratégicos
Para la realización de todas esas tareas nuestra Organización reforzará la militancia del Frente de Masas: a través de la construcción y fortalecimiento de oposiciones y colectivos sindicales (a través de nuestro frente sindical Domingos Passos) y de la inserción comunitaria y en la lucha popular, visando la construcción de una retaguardia de apoyo a la política revolucionaria en los barrios pobres y áreas rurales (a través del frente popular Zumbi dos Palmares). En todos los frentes, sindical y popular, la prioridad es el análisis y foco de actuación junto a los sectores estratégicos del proletariado.
A corto plazo no es nuestro foco la construcción de un frente estudiantil, dado el carácter de degeneración electorera, elitismo e inmovilismo en el movimiento estudiantil, especialmente universitario, punta de lanza de la política burguesa del Lulismo. Los estudiantes del pueblo y la juventud revolucionaria de Brasil son fundamentales en la lucha y podrán ingresar al GLP, pero deben actuar a corto plazo como fuerzas de apoyo a las luchas sindicales y populares, en especial de sus sectores estratégicos, es decir, deben ir al pueblo. Un nuevo contexto podrá ser propenso a la construcción de un frente de estudiantes del pueblo y de la juventud revolucionaria.
La política de agitación, propaganda y lucha ideológica del Grupo Liberación Popular se dará nacionalmente por el fortalecimiento del periódico O Amigo do Povo (El Amigo del Pueblo), por la revitalización del trabajo de edición de libros y por campañas independientes o en conjunto con otras organizaciones. Además, la construcción de células de apoyo al periódico será una política de expansión de la propaganda, de las alianzas y de la propia Organización. Localmente, los núcleos y frentes sindical y popular podrán crear panfletos, boletines y campañas propias desde que en unidad con la política de la Organización como un todo.
Asociado a la política de los Frentes, el GLP desarrollará un plan de estudios en cada Núcleo llamado “Estudios Estratégicos” involucrando los aspectos estratégicos de la realidad de la lucha de clase a nivel local: la estructura de clases del municipio; principales sectores del capital; Estado, gobierno y fuerzas armadas; formas asociativas del trabajo y del capital; tradiciones y cultura popular; religión e iglesias evangélicas. Esos estudios, a ser realizados y constantemente actualizados y perfeccionados en los próximos años, darán origen a Informes y Planificaciones locales de intervención en los sectores estratégicos de la clase trabajadora.
Para la etapa actual de construcción interna, también desarrollaremos una política de “Ensayos de lucha y organización en los sectores estratégicos”, que involucrarán: registro, balance y replicación de experiencias; aprendizaje y sistematización de experiencias ya exitosas; puntos positivos y negativos; profundizar la “estrategia de guerra de clases”, entre otros aspectos. El objetivo es, por un lado, sistematizar conocimientos históricamente acumulados, y por otro, no llegar con modelos listos, inaplicables y dogmáticos, sino ir al pueblo con la cabeza abierta. Esa política de “Ensayos” está asociada a nuestra crítica al dogmatismo, tanto programático como organizacional.
La tarea prioritaria en el actual momento de reflujo y defensiva del proletariado no es crear artificialmente formas de organización supuestamente “perfectas”, sino formar e ingresar trabajadores de vanguardia que puedan influir positivamente en las luchas y formas organizativas realmente existentes, sean ellas asociaciones de barrio, colectivos, oposiciones sindicales, direcciones de sindicatos, movimientos, etc. disputando la conciencia y los rumbos de esas organizaciones ayudando al pueblo a elevarlas a otro nivel organizativo y dirección clasista. Formar grupos y liderazgos populares que vean más allá de las luchas inmediatas, capaces de entender y ligar esas luchas específicas con las tareas más amplias de la clase trabajadora brasileña. Eso exige la conjugación de un método no sectario de trabajo de base, que defienda con paciencia, pero sin capitulación, nuestros principios, y mantenga nuestra autonomía política como agrupamiento de vanguardia.
Como línea política nacional del frente de masas, debemos reforzar la oposición clasista al gobierno burgués de Lula-Alckmin y a sus narrativas de autolegitimación con base en la “democracia” y en la “soberanía nacional”. Toda política independiente del proletariado sólo puede surgir de la lucha ideológica férrea contra el oportunismo Lulista en el poder. Llover sobre mojado de la desmoralización del entreguismo bolsonarista es desviar el foco del elemento central de la lucha de clases, hacer el juego de quien está en el poder central del país y en el poder de las principales organizaciones sindicales y populares. La política popular revolucionaria no actúa como hinchada o lobby parlamentario de disputas en el interior del Estado burgués. Eso significaría colocarse a la cola de la política burguesa, tal como las presiones sobre la “tasa de interés”, o sobre el “congreso”, los “super ricos”, a través de la farsa de un plebiscito mortinato.
La política popular revolucionaria posee métodos, estrategia y programa distintos del Oportunismo y del Reformismo. Rechaza el papel de consejero de la política gubernamental para salvar a los gobiernos y a las clases dominantes de la crisis política o económica. Los militantes clasistas no temen las crisis, al contrario, la política revolucionaria es impulsar la acción directa proletaria, desde abajo, en el sentido de profundizar las crisis nacionales e internacionales del capital y transformarlas en crisis revolucionarias. No es tarea de los revolucionarios buscar la estabilidad del sistema. Quien lucha por la revolución no teme las tempestades.
Ante la situación internacional, es importante también retomar las tesis revolucionarias sobre la cuestión antiimperialista y defenderla a través de nuestro Frente de Masas. Aplicar eso al contexto de la guerra comercial que afectó a Brasil, esencialmente una disputa interburguesa de mercados, y al recrudecimiento de las disputas interimperialistas en el mundo. La política popular revolucionaria no es seguir la agenda burguesa de moda, es actuar sobre las contradicciones de las disputas interburguesas (carestía, desempleo, etc.) a fin de impulsar la acción directa de masas por las legítimas reivindicaciones del proletariado, contra su propio gobierno y las clases dominantes. Si la revolución ocurre inicialmente en marcos nacionales, los primeros enemigos de la revolución son las clases dominantes internas. Eso significa, frente a los efectos de la guerra comercial y disputas interburguesas, levantar las banderas auténticamente clasistas: “¡Contra los despidos, carestía de alimentos y retirada de derechos!”; “¡Reducción de la jornada de trabajo, aumento de salarios y derechos!”; “¡Redistribución de las tierras a los trabajadores y campesinos! ¡Muerte al latifundio!”; “¡Los trabajadores no pagarán por la crisis!”; “¡Abajo la colaboración de las centrales pelelas/amarillas con el gobierno y el capital!”.
A nivel nacional debatimos y aprobamos la participación y disputa del GLP en la Central Sindical y Popular – Conlutas (CSP-Conlutas), única Central con independencia del gobierno Lula-Alckmin, abierta a los movimientos populares del campo y de la ciudad, que ha apoyado las luchas y hecho oposición a las burocracias sindicales de la CUT y CTB. A pesar de eso, nuestra participación está orientada por una política de oposición interna a la estrategia reformista del PSTU y sectores del PSOL (actualmente en la dirección de la entidad), y, especialmente, de alianzas y redes de apoyo con demás grupos, movimientos y liderazgos clasistas y combativos del movimiento sindical y popular, teniendo como objetivo la conformación de un bloque clasista y combativo. Vamos a actuar en el próximo Congreso de la CSP-Conlutas (18 a 21 de abril de 2026, en São Paulo), convocando también a otras organizaciones y militantes aliados y próximos. Nuestra política para la CSP-Conlutas será expuesta en material específico para ese fin (Comunicado nº 6 del GLP).
5.3 – El apoyo mutuo como fundamento estratégico para la organización de las masas populares
Vivimos tiempos de miseria estructural profundizada. La ofensiva neoliberal — por medio del desmonte de los derechos sociales, de la carestía, del desempleo, del avance de la informalidad y de la precarización — empuja a millones a la desesperación de la supervivencia. Las masas populares, desorganizadas y huérfanas de instrumentos propios de lucha, han buscado salidas fragmentadas: en las iglesias evangélicas, en las ONGs, en los aparatos de asistencia mínima del Estado o en las promesas electorales vacías de los partidos del orden.
Ese proceso no es espontáneo. Él revela el vacío dejado por la ausencia de proyectos organizativos populares enraizados en la realidad concreta del pueblo pobre. La iglesia crece no porque evangeliza, sino porque distribuye arroz, acoge con escucha, indica empleo. Ella cumple una función social abandonada por las fuerzas populares. Lo que está en disputa, por lo tanto, no es solo la fe, sino la supervivencia.
Históricamente, las luchas del pueblo no comenzaron en las tribunas ni en las urnas, sino en las cooperativas, en las guarderías obreras, en las escuelas autogestionadas, en las huelgas sustentadas por cajas de solidaridad. Inspiradas en las ideas mutualistas de Proudhon11 y en las prácticas concretas del movimiento obrero del siglo XIX, las masas construyeron, con sus propias manos, redes de apoyo mutuo que garantizaron resistencia material, formación política y cultura de lucha.
Esas prácticas de base obligaron al propio Estado burgués a instituir aparatos de seguridad para frenar el avance de la autonomía popular. Hoy, sin embargo, con el desmonte del Estado de bienestar social, tenemos nuevamente un terreno fértil para reconstruir, desde abajo, estructuras autónomas de apoyo y lucha.
La Plenaria aprobó que todos los Frentes de nuestra organización deben incorporar el apoyo mutuo como política estratégica de enraizamiento y movilización de las categorías precarizadas. No se trata de asistencialismo, sino de una acción directa y de la construcción colectiva, capaz de forjar nuevos vínculos políticos, despertar la conciencia de clase y dar base material a la organización popular.
Las redes de apoyo deben combinar la solidaridad concreta (alimentos, salud mental, educación infantil, generación de renta, espacios culturales, orientación jurídica) con la lucha reivindicativa combativa e independiente. Ayudar a un trabajador desempleado no puede ser fin en sí mismo: debe ser el punto de partida para la organización de su rabia, de su revuelta, de su potencia colectiva.
5.3.1 – Plan de acción político-organizativo para el apoyo mutuo
a) En las periferias y barrios populares:
Construir redes de apoyo mutuo por territorio, con base en los vínculos ya existentes (cocinas colectivas, guarderías comunitarias, huertas urbanas, espacios culturales, cooperativas, círculos de escucha).
Formar núcleos de acción directa y solidaridad con participación activa de los moradores.
Garantizar que las acciones no sean “ayuda de afuera”, sino construidas junto con el pueblo, escuchando sus demandas y respetando sus tiempos.
¡Construir las Casas del Pueblo! Los frentes deben mapear posibles espacios físicos para creación de centros autónomos de apoyo mutuo y formación popular en el próximo período.
b) En las categorías precarizadas (trabajadores informales, ambulantes, repartidores, desempleados):
Crear redes solidarias por categoría que ofrezcan auxilio material inmediato (alimentación, transporte, apoyo jurídico y psicológico), pero con foco en la organización política autónoma de la categoría.
Utilizar el apoyo mutuo como puerta de entrada para la formación de comités de lucha y núcleos de base, capaces de impulsar huelgas, ocupaciones y reivindicaciones colectivas.
Estimular la creación de cooperativas autogestionadas como alternativa a la explotación.
c) En la cultura política de la militancia:
Romper con el dogmatismo académico y el electoralismo estéril. ¡Es preciso ir al pueblo!
Retomar la acción directa como método de formación: ¡el pueblo aprende luchando!
Formación de una Escuela de Militancia para el Apoyo Mutuo, con foco en técnicas de autogestión, comunicación popular, movilización directa y educación política.
La construcción de redes autónomas de apoyo a los moldes zapatistas en México o de las ocupaciones anarquistas en Grecia es prueba de que la autonomía popular es posible. Aquí, en Brasil, es hora de reconstituir el tejido de la organización de base con el rostro y el lenguaje de las masas populares brasileñas, sin subordinación al lulismo, al bolsonarismo o a cualquier proyecto de conciliación con el capital.
Es necesario disputar el espacio dejado por la crisis del Estado y por el avance de las iglesias y ONGs, no con discurso, sino con acción directa solidaria, independencia de clase y reivindicación combativa. Solo así podremos reconstruir el poder popular desde la base.
Como parte de la política de “Ensayos de lucha y organización en los sectores estratégicos” todas las experiencias de apoyo mutuo serán sistematizadas en boletines políticos y presentadas en el próximo encuentro nacional, siendo que deberán ser incorporadas por todos los núcleos en los próximos tres meses, a través de “redes piloto de apoyo mutuo” en al menos una categoría o frente en la localidad.
5.4 – Por un estilo de militancia popular enraizado en la experiencia histórica de las masas
Las organizaciones revolucionarias populares, en su mayoría, caen en un vicio común: la reproducción de un estilo de propaganda ideológica, doctrinaria y, muchas veces, autorreferente — volcada apenas a sectores muy específicos de la pequeña burguesía universitaria y urbana, como estudiantes de universidades federales, funcionarios públicos o jóvenes de las metrópolis ligados a subculturas alternativas.
Ese estilo de militancia se expresa en disputas teóricas sectarias (Stalin vs Trotsky, o cuál marxismo es más “puro”), o incluso en formas elitistas de propaganda, como el academicismo de las corrientes marxistas universitarias o el comportamentalismo individualista de tendencias anarquistas de “estilo de vida”. Eso todo está muy lejos de la realidad vivida por la mayoría del pueblo brasileño, que gana hasta dos salarios mínimos, realiza trabajo manual, vive bajo intensa exclusión educacional y sufre los efectos directos de la violencia capitalista cotidiana.
Como decía Bakunin12, el pueblo no es una “hoja en blanco”. El pueblo carga en sí una memoria de luchas y formas difusas de resistencia. Incluso bajo intensa dominación ideológica y desorganización, hay dentro de las masas trabajadoras una experiencia real que debe ser punto de partida de la militancia revolucionaria. Eso exige un método materialista de movilización, que lleve en cuenta la realidad concreta, los valores presentes en las fracciones sociales específicas, sus deseos, formas de sociabilidad y las contradicciones presentes en su conciencia. Es en la lucha por reivindicaciones concretas, y no en adoctrinamientos abstractos, que la conciencia de clase comienza a emerger de forma organizada.
El método materialista exige también conocimiento profundo de la base social donde se actúa. Cada frente de masas necesita entender quién es el pueblo real — sus creencias, sus costumbres, su lenguaje, sus afectos y sus límites de conciencia. Eso se hace con escucha, convivencia y respeto, no con panfleteo vacío o consignas listas. Podemos llamar a eso una etnografía revolucionaria, un trabajo que combina inserción real en la clase con estudio sistemático de sus modos de vida y pensamiento. Ese conocimiento permite construir formas de propaganda y movilización que tengan la cara y el modo del pueblo brasileño, y no apenas de la vanguardia militante.
Por último, es necesario combatir tanto el sectarismo doctrinario como el espontaneísmo. La pluralidad socialista debe ser respetada desde que mantenga fidelidad a la centralidad de la lucha de clases y a la construcción del poder popular. Eso exige análisis de coyuntura serios, rigurosos, capaces de entender las particularidades de cada momento histórico, sin caer en el economicismo, el subjetivismo o el fatalismo.
La tarea revolucionaria en Brasil exige abandonar los vicios de la propaganda ideológica cerrada, y adoptar un método materialista vivo, popular, combativo y consciente de las contradicciones reales del pueblo. Con base en la experiencia histórica colectiva, en la lucha concreta y en el conocimiento profundo de las masas, es posible organizar, elevar y unificar al pueblo brasileño rumbo a un nuevo horizonte de poder popular y emancipación socialista.
6 – Resolución sobre política de alianzas
En la lucha política y social nosotros no estamos solos, estamos con nuestra clase y con una variedad de otras organizaciones. La lucha, por lo tanto, siempre involucra unión y alianzas en algún nivel. Por eso, en interés de avanzar en nuestra política popular revolucionaria, es importante saber analizar los diferentes contextos y cómo estos se vinculan en términos de proximidad con nuestra política, a fin de evitar el sectarismo o la asimilación. Para eso nosotros identificamos tres niveles de unidad, diferentes, pero profundamente relacionados entre sí:
Unidad de acción: ocurre en las luchas de masas por reivindicaciones materiales. En una huelga, una protesta, una acción de apoyo mutuo, una ocupación, en sindicatos y movimientos populares, luchamos lado a lado con personas de diferentes ideologías y partidos, teniendo como punto de unidad la conquista de un interés material común de la categoría o de la clase en un contexto dado. Es el nivel más básico y fundamental, sin embargo, por su amplitud, puede abarcar profundas contradicciones e incluso antagonismos (con las burocracias gubernamentalistas, por ejemplo), exigiendo la lucha política e ideológica de los revolucionarios tanto para proponer soluciones como para combatir las ilusiones y traiciones en el seno de los movimientos.
Alianza táctica: ocurre con la formación de “bloques” o “frentes” entre individuos y grupos en el interior de los movimientos de masa. Por poseer intereses y concepciones tácticas comunes, en un contexto dado, se unen para avanzar en la lucha y en la organización de una categoría o de la clase. Son las oposiciones sindicales unificadas, bloques combativos en protestos, frentes para campañas temporarias o incluso instancias nacionales como la CSP-Conlutas. El objetivo de las alianzas tácticas es claro: impulsar la reorganización del movimiento de masas con independencia de clase, democracia de base y acción directa. Las alianzas en ese nivel deben ser periódicamente reexaminadas. Poseen un grado menor de contradicciones internas que las unidades de acción, pero pudiendo reunir reformistas o vacilantes, exigiendo la disputa interna de los revolucionarios.
Alianza estratégica: ocurre con las redes más o menos establecidas entre militantes y organizaciones socialistas revolucionarias, es decir, que poseen un grado superior de identidad en términos de proyecto estratégico, de análisis de la realidad, de principios y prácticas militantes. Por diferentes razones esos militantes no están unificados en Una Sola Organización, siendo ese nivel de alianza fundamental para estrechar lazos, fortalecer proyectos, conocer análisis, reconociendo diferencias, pero valorando sobre todo las confluencias. El objetivo en ese nivel es la reorganización de un proyecto estratégico socialista revolucionario en Brasil. La base para sedimentar las alianzas estratégicas es el movimiento de masas, es la práctica revolucionaria, es la acción militante clasista y combativa en los niveles anteriores, sin la cual tal alianza caería en la abstracción doctrinaria de la mera “identidad de ideas”.
Traducción al español: Maradona.
Notas del Traductor:
1 NT: el término “proletariado marginal” se refiere a la parte más explotada del proletariado, sin, necesariamente, confudirse con el concepto de “lumpenproletariado”.
2 NT: en Brasil, el término nacional-desenvolvimentismo (nacional-desarrollismo) se utilizó con mayor frecuencia durante el gobierno de Juscelino Kubitschek (JK) y dentro del Instituto Superior de Estudios Brasileños (ISEB), especialmente durante los años 1950 y 1960, pero sigue vigente. En estas Resoluciones, hay que atentarse para el uso de “desarrollo” como categoría económica o como sustantivo.
3 NT: los partidos mencionados aquí (punto 3), son: Partido de los Trabajadores (PT), Partido Comunista del Brasil (PCdoB), Partido Comunista Brasileño (PCB), Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU), Unidad Popular por el Socialismo (UP), Partido Socialismo y Libertad (PSOL), Partido de la Causa de los Obreros (PCO) y Partido Comunista Brasileño Revolucionário (PCBR).
4 NT: Garantia da Lei e da Ordem (Garantía de la Ley y el Orden o Garantía del Orden Público) es un operativo excepcional de seguridad pública, autorizado exclusivamente por el Presidente de la República, que permite el uso de las Fuerzas Armadas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea) cuando las fuerzas policiales locales se encuentren agotadas o sean insuficientes.
5 NT: la dictadura militar en Brasil es el período histórico iniciado en Brasil con el golpe de Estado del 31 de marzo de 1964, que derrocó al gobierno trabajista (ideología vinculada a Getúlio Vargas) del presidente Juan Goulart e instauró una dictadura militar encabezada por Humberto de Alencar Castillo Blanco, y finalizado con la victoria electoral del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), asumiendo José Sarney como primer presidente civil el 15 de marzo de 1985.
6 NT: Nueva República que comenzó con la promulgación de la Constitución de 1988 y que todavía vivimos hoy.
7 NT: acerca de la Central Sindical y Popular (CSP-Conlutas), hablamos de ella en el punto 5.2 de estas Resoluciones.
8 NT: las organizaciones citadas son la Central Única de los Trabajadores (CUT), Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST) y Unión Nacional de los Estudiantes (UNE).
9 NT: Central de los Trabajadores y Trabajadoras del Brasil (CTB).
10 NT: voto forzado. La compra de votos/voto forzado/voto de cabestro es un mecanismo para acceder a cargos electivos mediante la compra de votos con recursos públicos o el abuso de poder económico. Es un mecanismo muy común en el interior de Brasil, característico del sistema del coronelismo.
11 NT: Pierre-Joseph Proudhon (Besançon, 15 de enero de 1809 – Passy, 19 de enero de 1865), fue un filósofo, político, economista, periodista y revolucionario socialista libertario y anarquista francés y, junto con Bakunin, Kropotkin y Malatesta, uno de los padres del movimiento anarquista histórico y de su primera tendencia económica, el mutualismo.
12 NT: Mijaíl Aleksándrovich Bakunin (Михаил Александрович Бакунин en ruso) (Priamújino, Torzhok, Imperio ruso, 30 de mayo de 1814 – Berna, Suiza, 1 de julio de 1876), conocido como Mijail Bakunin, fue un teórico político, filósofo, sociólogo y revolucionario anarquista ruso.






